Tribuna

PP, Oramas y Vox, jineteando muerte y miedos

Que la derecha española tiene la querencia de hacerse de ultraderecha no es cosa nueva

Que la derecha española tiene la querencia de hacerse de ultraderecha no es cosa nueva.
Que las bandas fascistas se engolfen en la mentira y apelen a los estratos más ferinos de la psicología individual y colectiva, es lo suyo. Que se aprovechen de la democracia para destruirla desde dentro ya estaba inventado. La acusación al Gobierno de estar aplicando la eutanasia los retrata. Aunque aparenten no darse por enterados, saben perfectamente que la libertad de expresión no protege un supuesto derecho al insulto ni a la mentira.
Que diversos colectivos se indignen contra el sistema a la vista de tantas injusticias es comprensible. Y debería ser un aldabonazo en la conciencia de todos.
Pero que un Partido Popular en manos de un gorgorito de la peor versión de Aznar insista en cabalgar a lomos de la muerte, nos retrotrae de nuevo al tétrico Spanish is different.
Estos ‘constitucionalistas’ siguen pensando que el gobierno, el de verdad, es el de España. Y que las Comunidades Autónomas son como el juego de las casitas.
Que los sistemas sanitarios y de servicios sociales vienen de estar varios lustros en manos autonómicas, donde diversos gobiernos conservadores (de pelaje estatalista o nacionalista, a estos efectos qué más da) han tenido tiempo suficiente para hacer de las suyas en materia de privatización de servicios públicos esenciales, son realidades tan evidentes que es mejor hacer como que no existen.
Que Casado insinúe paralelismos entre las trágicas consecuencias de un atentado terrorista, que fue fruto de la venganza yihadista por la participación de España en la ilegal guerra de Irak (decidida por Aznar en contra del sentir abrumadoramente mayoritario de los ciudadanos), y la devastación causada por esta pandemia es puro desprecio a la inteligencia de los españoles, de los que pretende erigirse en único y legítimo representante desde la tribuna del Congreso.
Es, en fin, una caricatura grotesca del viejo Gil-Robles, ‘el jefe’, que tuvo que ver desconcertado cómo los odios que contribuyó a desatar y la retórica antidemocrática que tanto regó y abonó le pasaron por encima.
Jugando por su banda, Torra y los independentistas catalanes a lo suyo. Enseñaron la patita desde el minuto cero, tratando de aprovechar la llegada de la pandemia para aislar a Cataluña del resto. Después ha venido lo del pasaporte sanitario. Miren que se le podría llamar de tantas formas: que si tarjeta, que si certificado, pero no: tenía que ser precisamente “pasaporte”. Instauremos aduanas y pasaportes sanitarios, ya que no hemos imponer los de verdad. A ver si algo queda.
Por estos lares, al PP le ha salido una patética alumna, una profesional del poder oriunda de estas tierras atlánticas. Debe Oramas, en su nueva versión de agorera de calamidades, estar tramando cómo contrarrestar los pésimos resultados de una ATI más tardofranquista que nunca, justo en la misma convocatoria de elecciones generales en la que ha eclosionado Vox en Tenerife. ¡Baja ATI, que sube Vox!
Ante una crisis de consecuencias económicas y sociales imprevisibles, Oramas se atreve a sembrar angustias, pensando obtener no se sabe qué frutos aciagos. Como si Canarias no tuviera que afrontar los inciertos tiempos venideros muy debilitada por graves desigualdades sociales, y con unos índices de pobreza muy por encima de los de la media la sociedad española, tras casi 30 años de acuartelamiento de Coalición Canaria en el poder.
Quien quiera que haya sido el desalmado que le sugiriera ese funesto eslogan, no van a ahogarse dos millones de canarios en el Atlántico. Porque, de ahogarse, para vergüenza nuestra se ahogaran los de siempre. Porque los que tuvieron que emigrar a Venezuela, y tendrían que hacerlo ahora, fueron y son hijos de una tierra llena de desigualdades. Esas que Coalición Canaria ha sido incapaz de corregir, a pesar de largos años de crecimiento económico.
No se ahogarán quienes en estos años, de la mano de Coalición Canaria, han amasado fortunas que ahora estarán a buen recaudo en los paraísos fiscales. Son también canarios, pero no se ahogarán en el Atlántico.
Cómo se atreve Oramas a hablar de la ruina inminente de cabildos y ayuntamientos, si dejó a La Laguna en la bancarrota. Si, después de una larga década de prosperidad económica y bonanza presupuestaria, puso pies en polvorosa desde que la crisis de 2008 presentó sus credenciales. No dio ninguna explicación de su estampida, más allá de su consabida manía de usar a su familia para salir del paso. No la dio, porque solo ella sabía la verdadera razón. Pero los laguneros, no.
Por eso, cuando entre 2012 y 2013 afloraron 70 millones de deuda oculta, entre los que figuraba una deuda de casi 30 millones, acumulada desde 2003 por impagos a Urbaser (la empresa que gestiona el servicio de recogida y transporte de residuos urbanos y limpieza viaria) algunos comprendimos por qué había abandonado la alcaldía de La Laguna.
Para afrontar la herencia envenenada de Oramas, la ciudadanía lagunera ha tenido que enfrentar una década de crisis y, al mismo tiempo, cumplir a rajatabla el Plan de Ajuste (2012-2023) que nos impuso el Ministerio de Hacienda,en aplicación de los Decretos Leyes 4/2013 y 8/2013, a cambio de autorizar al Ayuntamiento lagunero a pedir a la banca los préstamos necesarios para pagar la deuda oculta de Oramas y Clavijo. Ni siquiera tuvo que pechar como contribuyente, porque dejó de ser vecina de La Laguna. Se marchó de La Laguna por la misma puerta por la que vino.
Y un Plan de Ajuste consiste siempre en lo mismo: mayor esfuerzo de los contribuyentes y congelación o recortes del gasto en inversión, en la gestión de los servicios municipales y en los programas sociales, a pesar de las graves secuelas de la grave Crisis que arrancó en 2008. Y todo ese sacrificio, para poder ahorrar lo suficiente para devolver esos préstamos a la banca y pagar sus intereses. Un promedio cercano a los 15 millones de euros al año.
Hace falta tener una cara y un cinismo sin límites. Y continuar despreciando, igual que siempre, la inteligencia de la gente de esta tierra nuestra, a la que ella llama “mi gente”. Oramas: yo no soy tu gente. Y ni tú, ni personajes como tú, me representan.