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Setenta días y setenta noches

El lunes cumpliré setenta días de arresto domiciliario, o eso creo, y debo reconocer que se me han pasado volando. Ya sé que a ustedes no, pero a mí estar en casa no me molesta; es más, me gusta. Sólo echo de menos dos cosas: que se me acabaron el desodorante y la tinta de la impresora. Tengo otros desodorantes, pero no más cartuchos de tinta, así que he agitado al único disponible con oficio de coctelero. De resto, feliz porque leo, duermo, mando a alguien a hacer la compra, como relativamente bien y veo mucha tele, aunque ni un solo telediario, ni una sola noticia -buena o mala-relacionada con el puto virus. Así no me contamino mentalmente aunque nadie sabe si caeré por la vía habitual, que todo es posible. De entre las cosas que he leído destaca un magistral artículo de Juan Manuel de Prada en ABC sobre el efecto Dunning-Kruger, que en psicología cognitiva “nos enseña que las personas peor dotadas suelen padecer un sentimiento de superioridad ilusorio que las hace creerse más inteligentes y preparadas con mayores dotes…con un pavoroso y trágico corolario: como las personas poco dotadas suelen creerse superiores disfrazan su inconsciencia de resolución y confianza en sí mismas; y así engatusan a las masas, que las siguen hasta despeñarse por el barranco”. No hace falta señalar a quien se refiere Prada, porque añade que “el efecto Pedro Sánchez podría estudiarse en cualquier facultad de Psicología como una muestra viviente de este efecto Dunning-Kruger”. El artículo es más largo, pero no voy a copiárselo todo; yo no soy Pedro Sánchez. Recomiendo su lectura porque me parece un retrato fiel y despiadado de quien preside el Gobierno. Termina con una definición de las distintas clases de tontos, hecha por Leonardo Castellani. Cinco clases, la cuarta es el fatuo. ¿Han leído mis artículos de un par de años para acá?

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