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Total, ¿para qué salir?

Total, si todo está cerrado a cal y canto, no hay abierto un puto bar, ni puedo comprar nada en El Corte Inglés, ¿para qué salir? Es mejor estar en casa y, además, tuve la suerte de que el confinamiento me cogió con la infraestructura básica cubierta. Con la excusa de que no me puedo mover, a causa de mi edad provecta, no le pago a nadie y hasta he ahorrado; poco, pero algo. Los bancos no llaman, ni los fondos buitres, ni los pejigueras que siempre quieren cobrar lo que uno debe, así que también he conectado el teléfono fijo (que casi siempre tengo sin señal por las razones anteriores). Esto del aislamiento se ha convertido en un estado de bendición. La basura me la tira al contenedor mi sobrino, que sí trabaja; hablo por teléfono con mis hijas tres o cuatro veces al día; leo; me llaman los amigos que están tan aburridos como yo, y hasta Félix Lam me telefonea por Skype desde los Estados Unidos para darme noticias de aquello. Por la Internet veo las cámaras colocadas en lugares estratégicos de las grandes ciudades del mundo: nadie en las calles. En la Fontana de Trevi, la otra noche no había ni una sola persona y en Times Square a los cuatro que transitaban por el lugar los detenía la pasma. Ayer escuché un rato al pobre y patético Pedro Sánchez, que se va a salir por el cuello de la camisa. Y me pasé a una peli de Emma Stone. No hay comparancia. Aquí en casa se está bien, tengo provisiones para Mini, que ya está pidiendo el fin del confinamiento y que me ha engordado. El ser humano se adapta a todo; hasta a no hacer vida social. Total, para lo que hay que ver.

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