por qué no me callo

“Yo pisaré las calles nuevamente…”

Yo pisaré las calles nuevamente…”, cantaba Pablo Milanés, “de lo que fue Santiago ensangrentada”, en alusión al Chile de Allende abatido por Pinochet, “Y en una hermosa plaza liberada/me detendré a llorar por los ausentes”.

Con la vuelta a la vía pública de millones de españoles, que desde ayer acuden al trabajo tras un confinamiento que no termina, pero se adapta a las nuevas circunstancias, es cierto que entramos en una nueva fase llena de incertidumbres. La era que estrenamos es dantesca por definición. El virus ha roto familias y precipitado el final de gente mayor valiosa que dignificaba el Estado de bienestar, pues la longevidad era una de nuestras mayores conquistas. Y seguirá su exterminio en el seno de una sociedad perpleja e indefensa. Cada día se suman más (aunque sea menos) víctimas mortales al parte de bajas de esta guerra. No será una curva que descienda repentinamente, sino de largo remanso mesetario. Pero un día de estos habrá un punto y aparte. Es la historia de las grandes epidemias la que dicta sus normas y establece los ritmos indefectibles de sus efectos devastadores. La historia siempre se repite.

El regreso de la construcción y la industria es el inicio de una cuenta atrás inevitable, que desembocará, más temprano que tarde, en la famosa desescalada. Habrá un desconfinamiento escalonado, un proceso de normalización progresiva con salidas al exterior y horas de recreo para la prole, y paseos programadas para pensionistas y personas con discapacidad o movilidad reducida. De manera que la nueva etapa será la de convivir con la amenaza latente del virus mientras dure, duerma y reaparezca, pero ya sin la tentación de cerrar la economía. La máxima del distanciamiento social y la máscara del ciudadano protegido ante el fantasma dibujan un nuevo modelo de vida hasta cierto punto desquiciante, pero ineludible. La economía también tomará sus medidas de protección, se desarrollará en condiciones más seguras y eficaces, pero no volverá a esconder la cabeza bajo el ala. Tendrá que arrostrar los peligros con la mayor de las garantías para los seres humanos.

Hemos vuelto a pisar la calle nuevamente. Porque sobrevivir es no dejar de trabajar, es tirar para delante, ganar terreno al enemigo. Y seguramente entre los futuros hábitos inmediatos figurará una suerte de cuarentena tras el horario laboral, en la que las calles estarán despobladas, las cafeterías y restaurantes funcionarán a medio gas y los transportes públicos y el tráfico serán el termómetro de que las ciudades permanecen en estado de alarma, de puertas adentro, alerta ante la amenaza de un adversario oculto en todas partes. Pero sospecho que las ciudades nunca más dejarán caer el telón.

Hemos empezado ya a ensayar esa nueva fase de esta pandemia. Quedan semanas de confinamiento y restricciones. Pero lo que viene ahora no es solo el coronavirus original, en estado puro, sino su mutación económica. Y ante el desastre de la economía que traerá paro, hambre y miseria, los motores del tejido productivo arrancaron desde ayer. Y así será nuestro destino, con la felicidad modificada por los sueños más realistas que nunca antes hemos concebido. Sí, quizá seremos en lo sucesivo menos alegres y confiados, pero dispuestos a superanos a nosotros mismos, que éramos tan ingenuamente presuntuosos en mitad de la abundancia y el egoísmo. La calle volverá a ser pronto el escenario de nuestras vidas, “un niño jugará en una alameda/y cantará con sus amigos nuevos…”

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