Tribuna

Aznar (el renacido), Ezquerra, Vox y Bildu

Que el Partido Popular se aplicara a fondo a deslegitimar el Gobierno de coalición surgido de las elecciones generales de noviembre de 2019, era perfectamente previsible. Que en esa estrategia compitiera en agresividad con VOX, era altamente probable, dada la “proximidad” de sus respectivos electorados y la imperiosa necesidad del PP de reagrupar a los […]

Que el Partido Popular se aplicara a fondo a deslegitimar el Gobierno de coalición surgido de las elecciones generales de noviembre de 2019, era perfectamente previsible. Que en esa estrategia compitiera en agresividad con VOX, era altamente probable, dada la “proximidad” de sus respectivos electorados y la imperiosa necesidad del PP de reagrupar a los votantes de todo el espectro que va desde el centro-derecha a la ultra-derecha, pues esa reagrupación fue la clave de sus éxitos electorales desde mediados de los 90.

Que no se arredraran a la hora de aprovechar los efectos de la pandemia para arreciar en sus ataques al Gobierno, podría haber parecido poco probable. Pero la realidad ha superado con creces a la ficción.

De cómo iba a ser el despliegue de esa implacable estrategia, ya Casado adelantó serios indicios durante las negociaciones entre los partidos (PSOE, Unid@s Podemos, PNV, ERC…) que culminaron con la investidura de Pedro Sánchez. En plena negociación Casado anunció que, si las negociaciones fracasaban, el PSOE no esperara ninguna posibilidad de abstención por parte del PP. El objetivo táctico de esa proclama era obvio: debilitar la posición negociadora del PSOE (al poner de manifiesto que no dispondría de ningún Plan B), a la par que se fortalecía la capacidad de exigencia por sus potenciales aliados “comunistas-chavistas” e independentistas.

De modo que, en cualquier caso, el PP obtendría réditos: si la negociación fracasaba, pues eso. Y si el PSOE se veía obligado a hacer excesivas concesiones, sería fácil presentarle como rehén de comunistas radicales y separatistas.

Esa estrategia no sólo no se ha suavizado, sino se ha recrudecido hasta límites insólitos, durante la pandemia. Primero acusar al Gobierno de haber retrasado por motivos partidistas (la celebración de los eventos del 8-M y blá, blá, blá…) la declaración del estado de alarma. Ahora, de haber convertido el estado de alarma en un estado de excepción. Escuchar a Pablo Casado invocar un repertorio de leyes (un árbol de Navidad, le reprochó Sánchez) que permitirían restringir la libertad de movimientos, sin necesidad de mantener el estado de alarma, vale. Pero calificar a los de las banderas y los balcones como paladines de la libertad, es el retrato definitivo de la entidad intelectual y la catadura de Casado. Pero, sobre todo, de hasta dónde está dispuesto el PP y los sectores que lo alientan y le dan cobertura mediática en su ofensiva.

Lo dije y lo mantengo: el quid de todo esto reside, no en las aspiraciones partidistas del PP y de sus dirigentes, sino en el designio de quienes no están dispuestos a que los efectos de esta Crisis no recaigan como siempre sobre los de siempre. Y para eso necesitan un Gobierno que, en el lenguaje diabólico del marxismo, sea un mero consejo de administración de sus intereses.

El recurso del PSOE a Bildu es un “efecto colateral” de la estrategia del PP. Es prácticamente lo mismo que perseguían durante las negociaciones previas a la investidura. Debilitar al PSOE para forzarle a pactar con quién o sobre qué no debiera (según el código que pretenden imponernos) y, así, disponer de nuevas armas para realimentar la estrategia de acoso y derribo. De forma que, pase lo que pase, ellos ganan.

La falta de escrúpulos es evidente. Tan evidente como propia del carnet de presentación –o mejor de reaparición– del capitán Aznar.

Casado es, en realidad, una caricatura de la caricatura que el propio Aznar dibujó de sí mismo durante su última etapa al frente del Gobierno.

En cualquier sociedad de tradiciones democráticas consolidadas –a nuestra querida España, aún le falta un tiempo de maduración que se mide por generaciones, no por años– Aznar habría pasado por méritos propios al país del nunca jamás.

Las mentiras con las que embarcó a España en una guerra de agresión, violando la Carta de Naciones Unidas (artículos 2.4, 42 y 51) y la Constitución Española (Artículo 96), en contra de la opinión de una abrumadora mayoría de los ciudadanos y faltando a sus más elementales deberes como gobernante, fue simplemente una alta traición a España. La Patria de todos con cuyo nombre se llenan la boca todos los días y cuya Bandera manosean hasta la náusea.

Una traición que debería haber activado nuestro particular impeachment: la acusación por traición o por delitos contra la seguridad del Estado prevista en el artículo 102.2 de la Constitución, con muchos más motivos que los que esgrimieron recientemente los demócratas norteamericanos contra Trump por “abuso de poder” presidencial, en sus relaciones con un país extranjero, para perjudicar al candidato demócrata Joe Biden.

Hagamos un poco de memoria, porque una de las armas esenciales de la “nueva” derecha es obligarnos a perder la memoria cada vez que conviene a los intereses de una derecha cada vez más extremista. Veamos: la justificación de la invasión de Iraq trató de justificarla el Trío de las Azores en tres motivos: la existencia de armas de destrucción masiva, las relaciones entre Sadam y Al Qaeda y el establecimiento de la democracia en aquel país.

Es bueno recordar que EEUU y los países occidentales no escatimaron apoyos al Iraq de Saddam entre 1980 y 1988, en la guerra contra Irán. En sendos Informes de 27 de enero y de 14 de febrero de 2003 al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Hans Blix y Mohamed el Baradei, responsables de Unmovic (United Nations Monitoring, Verification and Inspection Comission) y de la IAEA (Agencia Internacional de Energía Nuclear) desmintieron contundentemente la existencia de armas de destrucción masiva en manos del Régimen Iraquí.

Tanto como fueron calificadas como de infundadas por el embajador Joseph Wilson (informando de ello a la CIA y al Departamento de Estado) en febrero de 2002, las acusaciones de que Saddam había adquirido en Níger uranio para enriquecer.

Sin embargo, Aznar declaró ante el Congreso de Diputados el 5 de marzo siguiente (18 días antes de que el consejo de Ministros autorizara el envío de tropas españolas a la invasión): “Todos sabemos que Sadam Hussein tiene armas de destrucción masiva”. (…) “Sabemos que diversos grupos terroristas en todo el mundo están intentando obtener los materiales químicos y bacteriológicos y sabemos que el régimen de Bagdag está en condiciones de ofrecérselos”. Y en parecidos términos, todo un happening de declaraciones a los medios de comunicación nacionales durante aquellos días.

Aznar ha vuelto. Con la misma falta de respeto a la inteligencia de los españoles que en otros tiempos, se permite la exhibición de su patrocinio sobre Casado, en la misma medida que empequeñece hasta el infinito la figura de éste.

Y con un cinismo verdaderamente intolerable nos imparte lecciones de patriotismo.

Y con la misma desvergüenza con la que han intentado apropiarse de la Constitución quienes no la votaron, en particular el propio Aznar, pretenden descalificar cualquier acuerdo con Bildu (los “herederos de ETA), aunque la derogación de la reforma laboral no tenga nada que ver con reivindicaciones territoriales ni separatistas. Al mismo tiempo que dan carta de civismo y democraticidad a VOX que, por lo que se ve, no debe tener ni un solo gen que permita considerarlos “herederos del franquismo”.

El acuerdo a la desesperada con Bildu, más allá de su necesidad, acierto y oportunidad, es un mero “efecto colateral” de la estrategia del PP, encaminada a derrotar la propuesta de prórroga del estado de alarma y a poner al Gobierno en una situación insostenible. Aunque fuera a costa de un grave riesgo de recrudecimiento de la pandemia. Y de la actitud de ERC de obtener contrapartidas “políticas” para reanimar al procés en sus estertores. Pero de potenciales efectos colaterales en vidas humanas, Aznar y sus acólitos saben mucho. Demasiado.