diario del aislamiento

Día 50

Esta mañana he visto cosas que vosotros no creeríais, naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión, chándales con olor a naftalina

Esta mañana he visto cosas que vosotros no creeríais, naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión, chándales con olor a naftalina, fisioterapeutas frotándose las manos, bicicletas con dinamo, olas peinadas con tablas de planchar, cuellos de botella a la altura del Náutico, mascarillas tapando solo la boca o únicamente la nariz, conocidos quitándoselas para alegar un rato, rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, estadísticas según las cuales 368 de cada 100 canarios hacen surf y 592 de cada 500 eran runners, ciclistas con guantes, rezagados a los que la franja se les echó encima, corredores sin guantes, espontáneos bostezando, carnes de agujetas, debutantes, morenos de balcón, replicantes, pelos de cuarentena, practicantes, sobrepesos de cincuentena, momentos que se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. También he visto gente intentando hacerlo bien en espacios que, estrechos e insuficientes, condenan a hacerlo mal. Mientras corría me preguntaba por qué ponen puertas al monte, al agua salada, a paisajes más allá de avenidas o paseos, por qué concentran al 100% de los confinados en corralitos urbanos. Esta mañana corrí, pero no diré por dónde. Y lloré. No sé si por dentro o fuera, pero lloré. Sí, lloré (y qué, soy de lágrima fácil). Si lloro cada vez que zapeando me tropiezo con Mamma Mia, cómo no hacerlo en mi reencuentro con la calle, con la vida anterior a esto; sean amigos o conocidos, tanto da, un montón de gente que está (estamos) pasando por lo mismo. Llegué a casa a las 9:45 (bueno será no apurar, para que los sudados no se crucen en los zaguanes con los abuelos; ahí lo dejo). Me escriben. No me creo que seas de brindar por tus enemigos, me dicen. Ayer exageré, los enemigos solo existen si les otorgas existencia, yo los cubro de inexistencia, los evaporo -respondo-. Entran whatsapps (ya los leeré). España huele a rescate. Hace falta un ajuste de 80.000 millones para parecernos al déficit de 2019. Cuatro millones navegan en el océano de los ERTE. La deuda rondará los 1,3 billones. 900.000 personas al paro. La pandemia laboral llenará las cunetas de desempleados, y miedo. Pinta catástrofe, pero bajar los brazos no es la receta. Toca echarle narices, pelearlo. Avanza la tarde, se acercan las 19:00. Ventanas vacías, aplausos mudos. Están tardando en poner fecha de caducidad al ritual, los sanitarios no merecen salir al silencio. Día 50, y los que quedan.

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