avisos políticos

El virus sectario

Un tertuliano de La Sexta desde su fundación ha renunciado a seguir colaborando con la cadena porque la acusa de mentir sobre el número real de fallecidos por la pandemia. Habría que preguntarle al ingenuo tertuliano si es ahora cuando se entera de que esa televisión es uno de los líderes del gran número de medios españoles que son meros aparatos de agitación y propaganda izquierdista –muchas veces radical-, y que, desde una falsa objetividad y un tramposo pluralismo, sostienen al Gobierno e intentan destruir cualquier opción del centro derecha. Si la separación entre información y opinión siempre ha sido una falacia periodística, y la información siempre se selecciona, se ordena, se da, se verbaliza, se expone y se titula desde la opinión –lo que llaman línea editorial-, en estos medios la manipulación e intento de orientación de la opinión pública llega al paroxismo. Y no se detienen ni ante la más flagrante contradicción. Hace poco Casado reprochó al Gobierno que no se guardara luto oficial por los fallecidos a causa de la pandemia, y una periodista de La Sexta lo atacó –siempre lo atacan haga lo que haga- con el argumento de que el luto lo llevamos todos en nuestro interior. Cualquiera que hubiera cuestionado –o cuestione- con ese argumento las concentraciones en contra de la violencia de género sería masacrado por esa misma periodista.

Con el periodismo y la libertad de prensa ocurre lo mismo que con los partidos políticos, que son, simultánea y paradójicamente, necesarios para que exista una democracia genuina y, al mismo tiempo, su mayor peligro de destrucción. Una democracia se sostiene sobre unos partidos democráticos en su organización, su funcionamiento y su acción política, y sobre un periodismo profesional y responsable, es decir, creíble. También, paradójicamente, las llamadas redes sociales, que son el sumidero de las miserias de una sociedad, suponen un control necesario de partidos y medios, a los que han arrebatado el monopolio de la información.

Todo esto lo estamos comprobando con la evidente deriva autoritaria de Pedro Sánchez, que está aprovechando la, a nuestro juicio, necesaria coordinación y dirección centralizada de la lucha contra la pandemia, para ningunear a la oposición y controlar a los medios, por ejemplo, en esas ruedas de prensa teledirigidas que utiliza para publicitarse y publicitar a su Gobierno, mientras la gente de Pablo Iglesias hace la guerra por su cuenta, y promociona a Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista de España, uno de sus diputados que, en su día, representó a la guerrilla colombiana en las conversaciones de paz con el Gobierno de aquél país y consiguió que su narcotráfico fuera reconocido como un medio de financiación y no como un delito.

El sectarismo es un virus que sufrimos los españoles desde siempre, antes de la actual pandemia. Está presente en nuestra historia y en nuestra realidad social y política; y, por desgracia, no desaparecerá cuando desaparezca el coronavirus, ni puede ser combatido con cuarentenas ni confinamientos. Lo contagiaremos a las generaciones –a las dos Españas- futuras como nos lo contagiaron a nosotros los españoles que nos precedieron porque forma parte de nuestra cultura. Aunque, por supuesto, el sectarismo sea lo menos cultural del mundo.

TE PUEDE INTERESAR