TRIBUNA

Futurizar

Decía Jean Paul Sartre, hoy tan preterido, que el destino de un hombre no se decide a partir de su pasado, sino de la salud de su futuro

Decía Jean Paul Sartre, hoy tan preterido, que el destino de un hombre no se decide a partir de su pasado, sino de la salud de su futuro. Cada día fortalecemos nuestro ánimo para proyectarnos en lo porvenir. Es el futuro el que decide el pasado, el que decide si ese pasado está vivo o muerto, si nos sirve o no nos sirve para seguir adelante. Es el futuro el que da a mi presente y a mi pasado su fuerza, su sentido, su posibilidad de alimentar mi proyecto de mañana.

Hasta hace poco, hasta el último diciembre, sin ir más lejos, hablábamos de ‘los tiempos de antes’ y nos referíamos con ello a periodos muy viejos y lejanos de nuestro presente.

Hoy día, crisis de la Covid-19 de por medio, podemos hablar de ‘tiempos de antes’ sucedidos ayer mismo, apenas hace meses, tales son las transformaciones que nuestras vidas han experimentado en esta cuarentena primaveral que va para un poco más largo y con un horizonte de incertidumbre que ni siquiera toda la ciencia del mundo, los casi diez millones de investigadores del planeta, es capaz de reducir por ahora, si no aparece una vacuna o un tratamiento específico que controlen la imparable corriente contagiosa y la letalidad del virus asesino que se expande implacable por todo el globo terráqueo.

Ni la distopía más elucubrante podría habernos colocado en la situación que vivimos. Como ha dicho el profesor e investigador israelí tan citado, Yuval Harari, lo imposible se ha impuesto como lo ordinario, y cada día ese imposible nos sorprende con un nuevo sobresalto y la terrible advertencia de que nunca volveremos a ser lo que fuimos.

De pronto y a la fuerza, todos nos hemos vuelto sartrianos en el sentido apuntado, todos nos hemos puesto en la perspectiva de prepararnos para un porvenir abierto a innumerables incógnitas.

Tras lo sucedido, ya hemos comprobado que de nuevo está aquí el Estado Providencial que sacó a las naciones confrontadas durante la Primera y la Segunda Guerras Mundiales de sus miserias posbélicas, el Estado que habrá de salvar empresas, puestos de trabajo y la mera indigencia de los excluidos del tejido laboral. Un Estado que no solo está librando ya la batalla sanitaria, sino que habrá de enfrentar con mayor imaginación y eficacia, si cabe, las consecuencias socioeconómicas generadas por el impacto de la pandemia.

El reto humano actual radica no en mirar hacia el pasado, sino en desarrollar reflejos para entrar en el nuevo futuro en el que ya nos coloca y nos colocará la situación que padecemos desde los primeros días del aciago mes de marzo apenas dejado atrás.

Los economistas ya han comenzado a lanzar sus teorías sobre la posibilidad de que las democracias liberales occidentales queden tocadas en sus principios tras esta catástrofe sanitaria, así como la glorificada globalización. Esos presagios pesimistas han sido contestados con prontitud por los guardianes del liberalismo, entre ellos los miembros de la Fundación Internacional para la Libertad, presidida por el Nobel Mario Vargas Llosa, para quienes algunos Estados han utilizado la lucha contra el virus asiático para arrogarse un poder desmedido no solo político sino económico, dando rienda suelta a la estatalización, el intervencionismo y el populismo, todos ellos enemigos, según los miembros de la citada Fundación, de la democracia liberal y de la economía de mercado. Los antiguos ejes del Estado de Bienestar. Al día de hoy, la renta mensual del 44 % de los españoles depende mayoritariamente del Estado, lo que significa un desembolso mensual de 25.000 millones de euros. Solo el mercado podrá aliviar esas cargas del sobredimensionado sector público, en eso tienen razón los liberales. Si no fuera así, España se abocaría al México pícaro de la larguísima etapa de gobierno del Partido Revolucionario Institucional durante la cual la gente decía que vivir fuera del presupuesto nacional azteca era vivir en el error.

¿Hacía qué tipo de sociedad nos dirigimos? Está claro que la catástrofe económica y social consecuencia del cataclismo sanitario dejará a mucha gente dependiendo del Estado, nos abocamos a un nuevo culto, a lo que hemos llamado la Estadolatría, a la creencia de que el Estado nos resolverá todos los problemas sanitarios, sociales, económicos y hasta emocionales, generados por la toxina surgida en Wuhan en noviembre-diciembre de 2019.

Ni sabemos lo que será de los Estados ni sabemos lo que será de cada uno de nosotros.

Como nunca, estamos en la obligación de futurizar nuestras vidas con toda la firmeza de la que seamos capaces si no queremos que estos tiempos inesperados nos dejen anclados en un pasado que se ha quedado sin respuestas para las nuevas y sorprendentes preguntas. Quizá pronto tengamos que mirar al mundo con la inocencia de la mirada primigenia. No cabe duda: la historia de la humanidad ha sido siempre un constante recomienzo.