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Los apocalípticos

La Iglesia Católica es muy dada al pánico. Quiero decir, a provocar el miedo para tener atados a sus fieles. Los amenaza con el fuego eterno; y el otro día escuché la misa del papa desde la capilla de la residencia pontificia de Santa Marta, en el Vaticano, y en la homilía no dijo sino tonterías. Se refirió a la confesión. La confesión es un sacramento inocuo, que no sirve sino para elevar el morbo del cura. Bueno, hay curas y curas, que conste. Don Federiquillo Ríos, paz descanse, no sé si porque siempre tenía prisa o porque era un clérigo cojonudo, te decía a gritos que te arrepintieras de las barbaridades cometidas y que no quería escuchar nada. “Ya me lo imagino”, concluía el párroco. Si tú has cometido algún disparate, y eres creyente, arrepiéntete y ya está. No se lo tendrías que contar a nadie. De todas formas, eso lo dijo Lutero, no es que me esté inventando yo nada. Los luteranos no se confiesan, sino que se arrepienten. Pues el papa me decepcionó. Se vio que no se había preparado el sermón. Era muy temprano, las siete en Canarias, y puede que el hombre estuviera grogui. A mí este papa, qué quieren que les diga. Yo me quedé en Juan XXIII y en el bondadoso Juan Pablo I. Los demás se los regalo a ustedes. Incluso este papa negro (al prepósito de los jesuitas siempre lo llamaron el papa negro), que dicen los apocalípticos que será el último. Malaquías lo define como Pedro el Romano, pero ni se llama Pedro ni es romano, que nació en Argentina. He leído que algunos escuchan trompetas en el cielo. Siempre han sonado, pero como ahora no circulan coches ni se produce murmullo callejero, pues se oyen a los ángeles anunciando la fin del mundo. Lo he puesto en femenino adrede, que no haya ningún académico que me lo masculinice.

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