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Operaciones chapuceras

Las operaciones chimbas contra las dictaduras -las chimbas, repito- siempre han tenido un lamentable final. Muy mal terminó la de Bahía de Cochinos, en Cuba, organizada, o mejor desorganizada, por doscientos mercenarios cubanos apoyados no oficialmente por los Estados Unidos. Oswaldo, uno de los supervivientes que logró agarrar una motora y regresar a Miami después de dar cuatro tiros en playa Girón, me lo contaba en la casa de Mas Canosa, el fallecido líder opositor a Castro, en Miami. Oswaldo sobrevivió pero cien de sus compañeros fueron masacrados por las fuerzas de Fidel y otros 120 hechos prisioneros, aquel mes de abril de 1961. Ahora la desastrosa gesta se repite, pero más chapucera todavía, en una zona rocosa del norte de Caracas, cuando un puñado de mercenarios dicen que pagados por las huestes de Guaidó -que naturalmente lo niegan-han hecho de nuevo el ridículo, esta vez dentro de la operación Gedeón. ¿Qué pretendían estos mentecatos? Secuestrar o matar a Maduro, o ambas cosas a la vez, que duerme en Fuerte Tiuna, el mayor acuartelamiento del país, escoltado por medio Ejército venezolano. Los invasores eran algo así como doce y fueron recibidos a tiro limpio por los soldados que vigilaban aquel pedazo de costa. Ocho murieron y cuatro se encuentran en poder de los secuaces de Maduro, que a estas horas los habrán torturado como corresponde al método habitual de un tirano. Las oposiciones de Latinoamérica a los dictadores jamás controlan los riesgos. Lo mismo secuestran un helicóptero para ametrallar por su cuenta el Tribunal Supremo de Justicia, como ya ocurrió en Caracas, que recorren 300 millas náuticas desde Colombia y con la gasolina agonizando, con el peregrino plan de matar a un presidente. Chávez hizo lo mismo, cuando pretendió derrocar a Carlos Andrés Pérez con un pelotón de soldados que se rindió a las tropas regulares en media hora. Sólo triunfó cuando lo intentó de otra forma: usando la cabeza.

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