Tribuna

Una identidad siempre en marcha

La identidad no es meramente la copia del pasado; la identidad no es la continuación de las soluciones dadas antes de nosotros. La identidad es nuestra respuesta, nuestra invención original, nuestra creación ante la presión externa” (Ángel Rama en entrevista con el escritor argentino Mario Szichman en videotape, Hanover, New Hampshire). En la Historia de […]

La identidad no es meramente la copia del pasado; la identidad no es la continuación de las soluciones dadas antes de nosotros. La identidad es nuestra respuesta, nuestra invención original, nuestra creación ante la presión externa” (Ángel Rama en entrevista con el escritor argentino Mario Szichman en videotape, Hanover, New Hampshire).
En la Historia de Canarias (1772-1783) de José de Viera y Clavijo, podemos leer lo siguiente y entrecomillo: “…puede concluirse de buena fe que los primitivos isleños de las Canarias formaban un cuerpo de nación original, coetánea a los tiempos heroicos, de una misma extracción y de un mismo gusto en todos [los] asuntos y en todos [los] modos de pensar y subsistir”.
Un peculiar modo de subsistir, quizá sea ese uno de los rasgos más persistentes y caracterizadores de todos los habitantes de este pueblo atlántico, capaz siempre de seguir adelante a pesar de las muchas dificultades que la geografía y la historia, propia y ajena, les impusieron en el devenir de los siglos. Una pelea constante frente a las adversidades. Aunque ahora, en esta malhadada primavera de 2020, tengamos frente a nosotros quizá una de las mayores incertidumbres que hemos padecido como pueblo a lo largo de tan dilatada y accidentada trayectoria, la lucha por superar el reto que un microbio nos impone primero sanitariamente y, a continuación, social y económicamente.
Son muchos los interrogantes que se abren y que nos exigen reflejos renovados. El reto humano actual radica no en mirar hacia el pasado, sino en desarrollar reflejos originales para entrar en el nuevo futuro en el que ya nos coloca y nos colocará la situación que padecemos desde los primeros días del aciago mes de marzo apenas dejado atrás.
Pese a todo, hoy hemos de recordar que desde 1984, cada treinta de mayo, se celebra en Canarias la fiesta de la Cultura, la fiesta de los creadores en todas sus modalidades. Crear es hacer posible algo que antes no existía, y en esa misión están los poetas, los narradores, los dramaturgos, los periodistas, los músicos, los artistas plásticos, y también los científicos o los que nos abren nuevas relaciones con otras culturas, sociedades, economías y sensibilidades humanas
La cultura es una meditación permanente sobre lo que hemos sido, sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser. El respeto por las grandes ideas y creaciones del homo sapiens que contribuyen a dignificarnos como personas y colectividades.
“La cultura es hija de la memoria, esto es, de la continuidad de la inteligencia del hombre sobre la tierra”, según nos dejó dicho un colombiano ilustre y exquisito llamado Rafael Gutiérrez Girardot.
No podemos seguir considerando la cultura como una asignatura maría de la carrera democrática. Es bien sabido que no existe verdadera ni duradera democracia sin autonomía cultural de los individuos que la conforman. También es la madurez o la inmadurez de una cultura la que decide la misma existencia o inexistencia de los pueblos, su consolidación o su dilución. Sigue siendo verdad eso de que la cultura es una respuesta a los desafíos de la vida. Y es la hora de dar respuestas firmes a preguntas inesperadas.
La cultura es una manera de sentir, de pensar y de actuar. Y de “subsistir”, como ya dije que reconoció Viera y Clavijo en las páginas de su obra más sobresaliente, porque en estas islas, soñadas antes por la imaginación clásica que habitadas por seres humanos, hemos tenido que inventarnos la vida, a lo largo de muchos periodos de nuestra historia, por lo difícil que se nos presentaba.
Pero seguimos adelante sin miedo a los tiempos, manteniendo y ordenando la memoria, y alentando asimismo el deseo y la esperanza de que nunca es tarde para cambiar y mejorar nuestra convivencia, nuestro bienestar, el futuro de nuestros descendientes y nuestra relación con otros pueblos.
Junto a Europa, fuimos fundadores del concepto de lo Atlántico en los siglos XVI y XVII, y algunos saben que me gusta usar el término Atlanticidad para referirme por igual a nuestro origen, a los hombres y mujeres que un buen día decidieron trasladarse desde poblaciones cercanas al Monte Atlas hasta estas islas, y para referirme a nuestro destino, a este Atlántico que nos ha facilitado la posibilidad de proyectarnos más allá de nuestras fronteras físicas, para formar parte de la comunidad internacional a partir del descubrimiento de América, de la prueba más desgarrante de la historia de la humanidad hasta el día de hoy y hasta tanto no se manifieste ante nosotros un nuevo planeta habitado por seres pensantes, como reconoció el antropólogo más clarividente del que tengo noticia: Claude Lévi-Strauss.
En el fondo, esa América no era en 1492 sino una de las Islas Canarias aún por ganar, para decirlo en la jerga de los tratados internacionales de aquella época imperial y ambiciosa.
Es el Atlántico el que nos define como identidad, como proyecto de vida en común, como cultura en diálogo permanente con los otros países continentales e insulares de ese inmenso océano. El que contempla a nuestro pueblo como uno de los tres pueblos del mundo, junto a los egipcios y los peruanos del sur, que honraba a sus mayores momificándolos, como el territorio de la Unión Europea con mayor biodiversidad en relación a nuestra superficie, y uno de los tres archipiélagos volcánicos oceánicos con mayor biodiversidad de todo el mundo, junto a Galápagos y Hawái, contamos con cuatro parques nacionales, con bosques de laurisilva de una antigüedad que va de los cinco a los veintitrés millones de años, hablamos una modalidad del español compartida por el ochenta y cinco por ciento de los que se expresan en esa lengua universal, somos pioneros en la investigación astrofísica y marítima, fundamos literaturas en América, con Anchieta, Silvestre de Balboa o Melían de Betancurt, naciones en ese subcontinente con Miranda, Artigas, Martí, nos adelantamos al modernismo con Tomás Morales y al vanguardismo con Gaceta de Arte, defendimos a la mujer con nuestra Mercedes Pinto, contamos con las personalidades y las obras de artistas como Néstor, César Manrique, Óscar Domínguez, Manolo Millares, Martín Chirino, Lola Massieu…
Hay que impulsar programas que divulguen todas estas cosas y que además debatan y den a conocer cuestiones como el REF, nuestro multicentenario fuero económico y fiscal, nuestra temprana y particular vinculación a Europa, nuestro liderazgo dentro de los archipiélagos de la Macaronesia. Hay que informar y formar sobre todo esto…
Una nación como Canarias, como reconocía desde la historiografía mi antiguo profesor don Antonio de Bethencourt Massieu, se asienta y se fortalece con una cultura común, no solo por ocupar una demarcación territorial. En Canarias corremos siempre el peligro de convertirnos en siete tribus, en siete reinos de taifas.
La cultura que hoy celebramos, es un instrumento indispensable para consolidar una ideología nacional, un proceso de autoconocimiento de los ocho territorios que habitamos.
¿Quiénes somos los canarios, qué nos define en nuestro diálogo con otros pueblos, cuál es nuestro proyecto colectivo, cómo seguiremos subsistiendo a pesar de tantas adversidades? La nuestra es siempre una identidad en marcha. Contra los vientos y las mareas del segundo océano mayor del planeta.

*Premio Canarias de Literatura 2006