diario del aislamiento

Día 87

Escenas de playa (a primerísima hora). Una vez instalados -sillas, sombrilla, toallas..- una pareja dibuja en la arena un rectángulo que (presumo) está concebido como espacio de seguridad. Claro que, calculando a ojo, lo han traducido en seis por catorce metros -marcaron lo que viene a ser la playa entera; o ese tramo, al menos-. Si otra pareja o familia hace lo mismo cierran la playa (y, ya lanzados, le sacan al solar que han pintado en la arena un garaje, cuarto trastero y adosado, para cuando la primogénita se case). Avanzamos hacia la normalidad -ni nueva ni vieja; neormalidad o neonormalidad, si acaso-. Escucho -en la radio- que la música -si está alta- se lo pone fácil al virus (al tener que subir la voz, las partículas llegan más lejos). Tiene su lógica -hay quienes al hablar son surtidores, no me resisto a dejarlo por escrito-. Abro un paréntesis. Siempre he defendido que la música (alta) se inventó para que no se note que se nos acabó la conversación -a veces, no siempre-. Cierro el paréntesis. Si bajamos la guardia (creyéndonos que el virus hizo las maletas) algunos encuentros en la tercera fase podrían arrastrarnos a reencuentros en la segunda o primera fase -no la fastidiemos, seamos responsables-. Ángel Víctor Torres (presidente) decidirá si el estado de alarma -y este diario- durará una o dos semanas más. Europa va a su ritmo (lento). Mientras el virus viaja en tren de alta velocidad el protocolo que anunció Bruselas lo hace a pie -y con muletas-. Llegarán antes los turistas que los mecanismos de control (al tiempo). El regreso a las aulas -en septiembre- sigue sumergido en un océano de cabos sueltos (sin presencialidad no habrá normalidad). Se sigue hablando poco -o nada- de la conciliación (a esos efectos se sigue en la fase 0, o peor). Hace lunes, café doble. La ministra de Hacienda desliza que el endeudamiento es el último elemento que querría utilizar. Apuesto a que el Gobierno de España se endeudará -no permitirá que otros lo hagan- con el compromiso de transferir lo que haga falta (auguro que ganaré la apuesta; ojalá la pierda). Crecen las movilizaciones antirracistas. Creo que la protesta va más allá, retrata un desahogo global -el hartazgo generalizado se ha sumado al argumento inicial-. Banksy lo ha resumido bien -el sistema está fallando como una tubería rota que inunda el apartamento de los de abajo, ha dicho-. Retornos peninsulares. Este verano nos dejaremos hasta el último euro en Canarias -me escriben-. Como debe ser, respondo.

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