DespuÉs del paréntesis

El niño y el fusil

En la contienda nada es imposible. Abbasiyya así lo previó. Se había oído el trueno lejano allá donde el horror se extendía por las calles y los campos. Muertos en las imágenes de la televisión que los cementerios no recogían y un largo hoyo los enterró para que no incitaran a los vivos. Cuando la […]

En la contienda nada es imposible. Abbasiyya así lo previó. Se había oído el trueno lejano allá donde el horror se extendía por las calles y los campos. Muertos en las imágenes de la televisión que los cementerios no recogían y un largo hoyo los enterró para que no incitaran a los vivos. Cuando la explosión tuvo asiento, se acercó a la destrucción y vio. Vio al padre muerto, vio a la mujer muerta y vio a dos de sus hijos destrozados. Volvió a la calle a cierta distancia de los muros que ya no eran muros. Miró al cielo en busca de Dios. Le preguntó por cuál era el motivo de que fuera él, que jamás se reunió con la violencia, el que padeciera una injuria tan atroz. Volvió. Contempló a su padre, que era la suma del honor, de la dignidad, de la complacencia y de la sabiduría de los años, con un hondo hueco en la cabeza, la sangre expuesta por el rostro, el pecho, el suelo… Su esposa yacía enhiesta, cual si esperara a alguien de la calle, con el pecho arrancado de su lugar, la mujer que había dado forma a la felicidad y al decoro y que era la madre de sus tres sucesores. Sus ojos se detuvieron en la carne aún caliente de su adolescente Hasan, el niño que derramaba alegría por todos los rincones del lugar, que conducía la pelota de trapo como un profesional y para el que no existían puertas porque el mundo era la única portería. Y a la adorable y tierna Zuzu que, con sus siete años, era lo más prodigioso del hogar.

Se aferró al hombro de Abdallah, el superviviente. Lo apretó. No le transmitió cariño. Le dijo que desde hoy los caminos se torcieron y habrían de claudicar en los descampados y perseguir el pan como los perros.

El muchacho distinguió tras el humo al helicóptero destrozado. Un misil de defensa lo había derribado. Un soldado con uniforme gris yacía boca abajo en el interior de la cabina. Otro se arrastraba por el suelo con un pie quebrado desde la rodilla al muslo. Se acercó. Alzó la pistola que le había confiscado a un combatiente que yació en las postrimerías del pueblo. La alzó. Apuntó a la cabeza y disparó. No es que no supiera conceder clemencia o liar con una cuerda al enemigo para pedir justicia a los que por él luchaban. Después de lo acaecido, en su mente solo distinguía un alarido brutal: la destrucción. Así que tomó un fusil y se convirtió en un niño de la guerra. La hostilidad alguna vez concluirá.

Para Abdallah no. Seguirá con el arma en el hombro hasta que en el recodo señalado del camino su nombre imponga la condición y caiga muerto.