tribuna

La última gaveta del Estado

El mundo se declara zona catastrófica. Vuelve el fútbol y los estadios están vacíos. Pronto se echarán los muertos a la cara los unos a los otros. En Italia ya lo hacen y el primer ministro, Conte, ha declarado ante la Fiscalía por las víctimas de Bergamo, en la región fetiche del coronavirus, Lombardía. Pronto se dejará de hablar del peligroso patógeno asesino en serie que se habrá cobrado más de 400.000 vidas: la enfermedad del mundo no será el quid de la cuestión, sino la crisis económica, la pandemia del hambre. La memoria de Cáritas (un 30% más de exclusión social) refleja el estallido del estado de alarma. Se dibujan escenarios de cine negro de la economía, a riesgo, en el peor de los casos, de sucumbir al aislamiento y decadencia, según el guion de la CEOE de Tenerife: el PIB de las Islas se hundiría entre el 25 y el 50% y la tasa de paro oscilaría entre el 39 y el 60%, en la esperanza de que la foto final sea la más favorable si no hay rebrotes. El oráculo, por tanto, cambia de chaqueta como Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”, reza la máxima atribuida al actor (en realidad, salió a la luz en un periódico de Nueva Zelanda cuando el cómico icónico no había nacido).

Esta semana es clave para el turismo canario, pues se deberán definir las condiciones del retorno de los vuelos extranjeros, con el famoso test en origen en el centro del debate. A la semana siguiente, toda España entrará en la nueva normalidad (Galicia se nos adelantó, con peor arqueo epidemiológico y menos celo reglamentario) y de inmediato se reabrirán las fronteras. ¿Ya será tarde para salvar la temporada? ¿Querer ser a toda costa un destino seguro salvará vidas o nos saldrá caro en paro y PIB ante el previsible desvío de turistas a otros mercados menos rigurosos y acaso más temerarios? Canarias parece haber elegido un camino: la seguridad tiene su precio. ¿Los ERTE estatales secundarán la cautela de Canarias con los hoteles, en su caso, vacíos? ¿Un destino garantista como aspira a ser el nuestro, que el 8 de julio será consagrado como tal por la OMT con un vuelo de verificación se verá correspondido por unos clientes fieles y agradecidos por ello, o se irán a destinos menos meticulosos deseando volar a cualquier parte después de tres meses de confinamiento? Acaso nos recompense la prudencia si, por desgracia, se producen rebrotes del virus allá y acullá.

En las Islas duelen las instrucciones del gobierno de Merkel disuadiendo este miércoles a los alemanes de viajar a España, incluida Canarias; desde mañana podrán hacerlo en el resto de Europa, pero España no levantará las fronteras hasta el 1 de julio, y de ahí el veto. En cambio, Baleares se lanza a la piscina, recibiendo a más de diez mil turistas germanos desde este lunes, cuya experiencia piloto Canarias rechaza por la ausencia de los test en origen, que es un mantra que compartimos con Madeira en los corredores verdes convenidos por ambos gobiernos.
Como en la pescadilla que se muerde la cola, Canarias se vende segura a costa de no arrancar. Este horizonte no tiene parangón en más de medio siglo. El turismo cero está siendo lo más parecido a una huelga de hambre. Y nos disponemos a resistir, siguiendo el consejo del expresidente de Uruguay José Pepe Mujica, que le dijo al periodista Víctor Hugo (Canarias Radio) que viene “un año flaco” para el turismo, pero “no es el fin del mundo”. El exguerrillero que cultiva flores y hortalizas en su austera chacra de Montevideo recomienda a sus ‘paisanos’ canarios (no en balde fundamos la capital del paisito y prestamos el gentilicio a los de Canelones) que aprendamos de nuestros antepasados su capacidad primitiva de sobrevivir.

En cualquier caso, será inexcusable el subsidio del Estado y de Europa, como hemos reclamado desde estas páginas con el tótem de un Plan Marshall. Cuando el impacto demográfico era menor, la espita migratoria era la mejor válvula de escape para las familias en las crisis del pasado. Ahora somos 2,2 millones de habitantes y no podemos imaginarnos un éxodo semejante. La diáspora se revela una solución impracticable para las dimensiones actuales de la sociedad canaria. La pandemia económica que aguarda tras el telón del fin del estado de alarma, a la vuelta de apenas una semana, exige pasos firmes y decididos para abortar situaciones de extrema gravedad.

De las proclamaciones públicas del Gobierno (primero Sánchez en sede parlamentaria y tras él la ministra portavoz María Jesús Montero) ha de pasarse a la mesa bilateral donde establecer los márgenes de deuda y superávit para esta comunidad y para las corporaciones locales. La financiación, el turismo y la inmigración no son tres eslóganes abstractos, sino tres columnas de humo, tres bocas de incendios.
Es mal momento para estar en apuros, porque vienen mal dadas a título general. España toda está en crisis. Lo está Europa. Y lo está buena parte del mundo, que se declara, como decíamos, zona catastrófica. Sin embargo, España tiene una deuda histórica con Canarias, que no se arregla con las visitas periódicas de los Reyes, como la prevista para este mes. Es una deuda que el turismo había logrado disimular y que ahora aflora en carne viva bajo la caspa de ese sector arrancada bruscamente por el coronavirus. No es solo una deuda cuantificable económicamente, que también, por los graves atrasos recortes de la última recesión. Ha habido -y hay- un déficit de diálogo y conversación entre las Islas y Madrid. En absoluto ha de parecernos un asunto frívolo reclamar mayor atención para las Islas. El estado habló siempre poco con Canarias. Hemos sido el último tema de conversación, el que queda para el final, el que nunca está entre las prioridades, porque somos el último apartado, ese tema que está lejos, como estaban las Américas en la etapa colonial. Y decir esto escuece en Canarias y en Madrid. Cosas veredes, amigo Sancho. No siempre aceptamos que se nos tiene entre las cuestiones pendientes. Y quizá ha llegado la hora de que Canarias salga, de una vez por todas, de la última gaveta del Estado.

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