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No jueguen con la monarquía

Ahora toca tirar piedras al rey. No al rey actual, sino al emérito, al rey de la bendita Transición y al de la unidad del Ejército en torno a él, extremos que hicieron posible el paso pacífico de la dictadura a la democracia. El rey Juan Carlos, muy al final, sucumbió a lo que suelen sucumbir los borbones: a la bragueta. Ahora, la izquierdona chunga, que controla parte de los poderes del Estado, ha ordenado que se le desacredite, aunque esa izquierdona bien puede decir que el emérito se ha desacreditado él solo. Y ha ordenado a la fiscalía del Supremo que investigue presuntas cuentas en el extranjero y supuestas comisiones recibidas por el antiguo monarca. Al mismo tiempo, la fiscalía debería ordenar investigar otras comisiones, las bolivarianas, porque les recuerdo que todos los españoles somos iguales ante la ley. Todavía no hemos logrado saber, gracias al coronavirus, qué contenían las maletas que se trajo Delcy la fea a Madrid. ¿Eran oro o fotocopias de sobornos? ¿Y dónde fue a parar todo eso? Se han callado todos, un muro de silencio se cierne sobre este extraño suceso que huele muy mal. Ningún fiscal, al menos con bombo y platillo, se ha interesado por el asunto. Lo del emérito mola más porque se dispara a la línea de flotación de la monarquía, mientras la izquierda radical vive su minutito de gloria, que quiere eternizar. Yo soy consciente de que este artículo será una estrella fugaz. Hay mucha gente comprada en mi profesión, mucha gente favorecida, mucha gente primada por los poderes. Y los poderes pueden hacer mucho daño. Pero no jueguen con la monarquía. España ya ha tenido dos experiencias republicanas, que no acabaron bien. La segunda, con un baño de sangre. La primera, con una gran desilusión. También estoy de acuerdo con que a los borbones se les pida moderación.

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