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Nos estamos volviendo locos

Jean Van Landeghem, un ciudadano belga de 65 años, lleva nueve recibiendo pizzas que no ha pedido. El hombre está inmerso en un ataque de nervios porque, además, el pizzero toca el timbre de su casa a horas intempestivas. En ocasiones, la mercancía ha sido pedida a través de un portal digital, Takeaway.com, modalidad de pago a domicilio, y en otras encargadas y pagadas en la tienda, que nunca es la misma. Una vez en una italiana, otra en una belga; y así. Y la ciudad de Turhout tiene sólo 44.000 habitantes, así que no debe haber muchas pizzerías en tan pequeño territorio. El destinatario de la torta italiana, cuya composición varía, dice que él nunca ha encargado una pizza, porque además no le gustan, pero que lleva nueve años recibiéndolas y escuchando el terrible ruido de la vespa del pizzero, que, oiga usted, esto sí que es una tortura. Cada vez que viene el pizzero, él presenta una denuncia ante la policía, así que imaginen hasta qué parte de sus cuerpos estarán los agentes del buen señor. Cada vez que entra por esa puerta hay que rellenar los papeles de la denuncia; y eso, día sí, día también, jode mucho. Los investigadores no han podido calar al remitente, que es muy listo y cambia de nombre cada vez que encarga la pizza personalmente en la tienda. Cuando lo hace a través del portal, sencillamente da el nombre del interesado. Digo yo que no será tan difícil bloquear el sistema de pedidos para que cuando alguien pida una pizza para don Jean, el ordenador lo rechace. Y lo peor es que el buen hombre, como hemos dicho, lleva nueve años recibiendo pizzas que nunca ha ordenado. Como dicen en La Palma, cuando uno pregunta por alguien al que se le fue la chaveta: “¿Fulanito? Fulanito disparó”.

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