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Soñar con una boda

Los antiguos decían que soñar con una boda no es bueno: que huele a muerte. Yo soñé con una boda el lunes, pero además insistentemente. Me despertaba y volvía a coger el hilo. Como soy tan raro, no sé si voy a palmar o no, pero lo cierto es que nunca había soñado con una boda, al menos con tanta intensidad. En fin, ya se verá si me voy o me quedo, pero en todo caso, en medio de la boda había una mujer muy guapa que yo no he podido identificar. En un momento dado, y como consecuencia de la inevitable pausa prostática, se me perdió y recuperé la boda, pero no a la joven, que se disipó como una nube ligera por entre los invitados. Y lo bueno del asunto es que el sueño era agradable, nada violento. La busqué con cierto interés, pero no logré encontrarla, ni tampoco identificarla; y ahora, con el breve tiempo dispuesto para recordar lo soñado, tampoco se me aclaran las ideas. Bueno, ligue perdido, aunque a mi edad lo sueños de ligues sí que son absolutamente imposibles de convertirse en reales; es decir, son inocuos y artificiales y cosa del pasado. Este mundo revuelto es propenso a dejarlo a uno instalado en el pesimismo. Acabo de hablar con un amigo, que me dice: “No te preocupes por la boda: el otro día soñé que me pegaban tres tiros. Incluso sentí cómo entraban las balas en mi cuerpo”, me dijo. Sería un sueño poco probable de volverse realidad, si no fuera porque mi amigo se dedica a la seguridad. Este mes se me está haciendo larguísimo, no sé si por la declaración de la renta o por el síndrome de la cabaña, o por las dos cosas a la vez. Y como no veo los telediarios que cantan lo gubernamental estoy despistado hasta con las loas. Y eso.

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