Después del paréntesis

Censura

La derecha española siempre atina. La cuestión no está en que un adversario, aunque ostente una mínima mayoría, pueda ejercer el gobierno. Lo que sancionan los diversos episodios al respecto es que el valor de las votaciones y la acción política no cuentan; cuenta el gobierno. Así se pasan por alto las votaciones, libremente manifestadas, […]

La derecha española siempre atina. La cuestión no está en que un adversario, aunque ostente una mínima mayoría, pueda ejercer el gobierno. Lo que sancionan los diversos episodios al respecto es que el valor de las votaciones y la acción política no cuentan; cuenta el gobierno. Así se pasan por alto las votaciones, libremente manifestadas, y que son las que dan las primacías en el parlamento, las diputaciones, los cabildos, los ayuntamientos… En pos de semejante criterio, la democracia no se sustenta para ellos en su esencia, se sustancia en su credo: ocupar el poder o no soltarlo. Es ese el caso que nos ocupa. Este país vivió uno de los episodios más pasmosos y ofensivos que se recuerdan: el tamayazo. Tamayazo que (honor de los honores) no tuvo repercusión jurídica. Ocurrió el 30 de junio de 2003. En su estima, dos personajes: Eduardo Tamayo y María Teresa Sáinz, socialistas que fueron. El asunto fue que el PP no podía aceptar que su feudo de Madrid pasara a manos distintas. Se movieron. Encontraron: dos tránsfugas a los que se sospecha (en lenguaje popular) “untaron”. Y el acceder dio nombre a la cosa. Los dos sujetos en sí se dieron el más innombrable de los créditos: la indignidad, el deshonor y la impudicia. ¿Qué hace que un sujeto de este mundo conviva para toda la existencia con el estigma de la indignidad, el deshonor y de la impudicia? ¿Lo que –supuestamente– cobraron? ¿El pago es quien decide? En el ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife otro clavo se incrusta en una nueva madera. La agente del rigor es doña Evelyn Alonso. Como tal militante y sujeta electoral de un partido, CS, se comprometió con lo que su formación decidió: apoyar a unos frente al inmovilismo y la perpetuidad de Coalición Canaria. Como el PP, CC se movió. ¿Cómo? Alguien habrá que responda. Respondió. Lo extraordinario es cómo se mueven estos sujetos a la par de infames. Conforme a la dádiva de la “excusa no pedida” del latín, doña Evelyn ha presentado una demanda contra su partido por “violaciones de derechos fundamentales”. De lo cual se deduce que el derecho fundamental es la traición, no la responsabilidad y la consecuencia. Porque no acude aquí la poca vergüenza de la susodicha, acude la vergüenza que los seres razonables hemos de soportar ante maniobras de tal vileza. Y es que no importa tanto que el PSOE pierda y CC gane; eso no. Lo terrible, lo pavoroso es que la deshonestidad tenga precio y recorrido, a pesar de que doña Evelyn Alonso no lo tenga en cuenta.