DESPUÉS DEL PARÉNTESIS

La ventana indiscreta

Hoy se sigue la madeja de lo que ocurrió en busca de reparo. Sin éxito. El pasado mes de abril se cumplieron diecisiete años de los asesinatos

Hoy se sigue la madeja de lo que ocurrió en busca de reparo. Sin éxito. El pasado mes de abril se cumplieron diecisiete años de los asesinatos. Julio Anguita Parrado había pedido estar en la primera línea del frente como reportero del diario El Mundo. Su objetivo era contar lo que allí sucedía. Pero eso, en una contienda inicua, es una quimera. Estaba protegido en un centro de comunicaciones del ejército de Estados Unidos. Mas sucedió: 7 de abril del año 2003. Un misil mató a dos periodistas y a dos soldados. Y lo que reveló ese hecho es que en las guerras, si el drama tiene excusa, que la tuvo, no se arrima solo a los análisis políticos y situacionales; esa calamidad no repudia lo personal, los desgarros más íntimos. Por eso, el padre, el Julio Anguita González que fue y que en otro tiempo situó su quehacer ideológico en el Partido Comunista e Izquierda Unida, manifestó la horrenda saña del dolor y de la pérdida. Un estigma ardiente se clavó en su alma: la desgracia que, por la muerte de un hijo, convirtió en huérfano al padre y lo hizo gritar.

El libro (que ojeé hace unos días) se llama Matar a un mensajero (2008). Lo escribió la periodista Ana María Plana Caloto. No estampa ahí la escritora solo el hecho pavoroso de la muerte de Julio Anguita Parrado y de José Couso (08.IV.03), busca confirmar la urdimbre terrorífica, señalar que los muertos tienen nombre y tuvieron vida y convicciones y los movió a ese lugar el triple efecto del oficio, la responsabilidad y la idealidad. Si periodistas en Iraq, esas víctimas son más que cuerpos; señalan a una víctima propiciatoria: la verdad.

La cubierta del libro es significativa. Se ve en lo alto la boca del cañón de un tanque del ejército de Estados Unidos. Debajo el título en rojo. Lo completa, en la parte inferior, el retrato de José Couso. Tiene el ojo derecho en el visor de la cámara. El izquierdo está cerrado. El objetivo que percibe el reportero es el desastre, lo que ocurre frente de sí, lo que la máquina de información registra para que el mundo lo conozca.

Julio Anguita y José Couso sabían a lo que se exponían. Al uno no le cupo de salvaguarda que se atrincherara en un reducto del ejército invasor; al otro no lo protegió que se refugiara en el Hotel Palestina de Bagdad, con parte de la prensa extranjera que en ese lugar coincidía. Ambos cumplían con su labor. Y eso fue lo que los mató. Jamás en esas situaciones se salvará la autenticidad. Quienes la persiguen son reos de muerte cual ocurrió.