cultura

Andrea Abreu: “Yo he sido la hija de los obreros que construyen los hoteles para los guiris”

'Panza de Burro', la primera novela de esta joven escritora canaria, va ya por la quinta edición con una historia sobre el despertar a la vida de dos niñas de un pueblo de Tenerife que desafía la imagen de Canarias como paraíso de sol y playa
Andrea Abreu, escritora
Andrea Abreu, durante la entrevista. Fran Pallero

Las tostadas con berenjenas que pidió para desayunar se quedaron frías, porque había muchas cosas que preguntarle a la joven escritora canaria Andrea Abreu. Nacida en 1995, periodista, explosión editorial del verano en España con su primera novela, ‘Panza de Burro’ -que ya va por la quinta edición-, todo el mundo destaca el uso del lenguaje que hace en el libro, donde sus dos niñas protagonistas hablan el canario que ella escuchó desde pequeña en su barrio de Los Piquetes, en Icod. Pero también supone una pequeña revolución cultural. Porque su éxito, con una de esas historias locales que se vuelven universales, consolida una voz que narra Canarias con una mirada nacida en sus medianías. Y eso es muy potente hacia fuera, porque sus historias desafían la imagen exotizada y colonial de Canarias como paraíso de sol y playa. Y hacia dentro, porque subvierte el relato -entre despreciativo, paternalista y folklorizado- que muchas veces se hace del mundo rural canario.

-¿Cuándo surgió esa pulsión literaria?

“Yo no leía de pequeña. En mi casa no había libros. Mi madre es trabajadora del hogar y mi padre es obrero. Nunca han leído, están empezando a hacerlo ahora. Pero siempre que veía a alguien con un libro, pensaba: ‘Me gustaría leer’. Y escribía poemas, aunque creyera que solamente las personas con padres profesores o funcionarios podían ser escritores. Luego, cuando crecí, me fui metiendo en el mundo de las redes sociales, y me di cuenta de que había un montón de blogs y lugares donde se podía publicar. A los 17, empecé a interesarme por la política, por el pensamiento anarquista. Y luego vino la literatura. Me obsesioné con que tenía una gran laguna. Durante cuatro años, no hice otra cosa que leer: Wislawa Szymborska, Anne Sexton, Sylvia Plath, todas las norteamericanas, eso me obsesionaba, Alejandra Pizarnik, Borges, Cortázar…”

-¿Y la literatura española o canaria?

“Eso vino luego. Ahora tengo una obsesión con Víctor Ramírez, estoy continuamente buscando obras de él. Pero a esa edad, yo creo que lo anglosajón siempre te parece lo mejor. Luego te das cuenta de que hay cosas maravillosas en tu propio pueblo. Es una especie de autoceptación”.

-¿Qué es la panza de burro?

“Aparte de lo meteorológico, es una especie de fenómeno psicológico que ha modelado el carácter de la gente de mi barrio y el mío propio. En la novela digo algo así como la ‘pesadez de la nube clavada en el cogote a las cinco de la tarde’. Es esa pesadumbre, esa tristeza, con un componente de culpa judeocristiana, pero que a mí me ha permitido ser una persona muy reflexiva y me ha ayudado a escribir. También es una cierta incapacidad para comunicar los sentimientos. En la novela, las niñas sienten cosas la una por la otra, pero no son capaces de decirlas. También significa la incomunicación con el mundo adulto”.

-Ha escrito una novela muy vivencial… ¿Cuándo sintió que esa realidad biográfica en Icod se podía convertir en material literario?

“Cuando me fui a Madrid, en 2017, empecé a ver toda mi vida desde lejos. Siempre he narrado cosas de mi infancia a mis amigos. Y allí empecé a hacerlo con gente de la Península, ajena a esta realidad, y vi que muchas cosas les parecían como del siglo XX, como medio inventadas. Y ahí vi que todas esas historias que yo siempre había visto como completamente normales, con brujas y curanderas, tenían una semilla mágica. Y vi un paralelismo con autoras latinoamericanas a las que yo he leído un montón, como Fernanda Melchor [escritora mexicana]. Yo también podía narrar esa realidad”.

-Así que marcharse, mirar desde fuera, ha sido importante para usted…

“Para mí, sí. Creo que hay gente lo suficientemente inteligente como para ver la dimensión poetico-narrativa de su realidad estando dentro de ella. A muchos autores y autoras canarias les pasa eso. Pero yo no fui capaz”.

-’Panza de burro’ habla de la vida en un pueblo canario donde se mezclan los potajes de coles y las santeras con el reguetón u otras músicas de fuera que se convierten también en parte de la cultura canaria…

“Hay muchas historias canarias que narran la parte tradicional, pero creo que existe una gran ausencia en la literatura con toda esa realidad que surge de la música que venía a través de internet, del Messenger, con todo lo que tiene que ver con el ‘Spanglish’, con las telenovelas, como ‘Pasión de Gavilanes’. Creo que es por la vergüenza de lo quinqui canario. Pero de ahí vienen mis referencias culturales, de grupos como Ráfaga y Aventura. Y mi mirada, que es lo que me ha permitido narrar una historia que a mucha gente le parece diferente. A mí, Rita Indiana [escritora dominicana] me enseñó que se pueden narrar cosas que aparecen en las canciones de reguetón. A veces parece que la literatura no puede ser barriobajera, y yo creo que hay que tener orgullo y romper esa barrera”.

-Y usted la rompe de manera rotunda, relatando con profundida un mundo que es desconocido fuera de Canarias, pero también dentro…

“Mucha gente me dice que la novela es la cara B de esa realidad que se vende de Canarias. Para mí, es la única cara que existe, yo no soy capaz de narrar Canarias desde otra perspectiva. Las personas ausentes en ‘Panza de burro’ son los padres y las madres que están trabajando en el sur de la isla para mantener esa ficción de Canarias como paraíso turístico. Yo he sido la hija de los obreros que construyen los hoteles para los guiris. Y como muchos otros de mi generación, fui la primera persona de mi familia que pudo ir a la universidad gracias a ese boom turístico, que permitió a muchos trabajadores mandar a sus hijos a estudiar”.

-Habla de generación, ¿también en un sentido literario?

“Me siento muy identificada con la gente de mi generación en Canarias, como Yeray Barroso, que es del Norte o Aida González Rossi, de Granadilla. Compartimos un afán común por contar las cosas desde una mirada canaria. Creo que esa conexión tiene que ver con la importancia de los movimientos sociales, con la aceptación de las sexualidades diversas, con las posibilidades que nos ha dado internet. Para mí fueron muy importantes esas revistas latinoamericanas online que me permitían publicar los poemas que a mí me apetecía escribir. Y eso me ayudó, porque me di cuenta de que, al otro lado del Atlántico, había gente interesada en lo que nosotros estábamos contando.

¿Ha encontrado espacios institucionales en Canarias para desarrollar y expresar esa mirada cultural?

“Creo que en el TEA se están haciendo cosas diferentes. Pero yo, con todo el respeto, lo que he visto en las instituciones ha sido una folklorización muy fuerte, muy centradas en la cultura tradicional. Y ahí no están ni siquiera las santiguadoras, que tienen esa cosa pagana que no conecta bien con el catolicismo de la Virgen de Candelaria. Pero yo siempre he encontrado espacios en el margen. En centros sociales okupados, colectivos feministas, independentistas y así… Ahí puedes expresar prácticamente lo que sea, no tienes que esperar a que una institución te dé la legitimidad. Sin el feminismo, no hubiera escrito nunca un fanzine sobre la menstruación o no hubiese narrado el descubrimiento de la sexualidad en ‘Panza de burro’”.

-Hablando de sexualidad, me llama la atención esa carnalidad de cuerpo y uñas sucias que describe en la novela…

“Mi búsqueda poética, desde antes de escribir la novela, ya tenía que ver con esa parte sórdida y asquerosa de la realidad. Si tú colocas un rolete al lado de algo que consideras hermoso, esa cosa se potencia mucho más. Me gusta encontrar la belleza en cosas que, generalmente, no son consideradas bellas. Las flores y los campos llenos de margaritas son tan canónicos que ya no producen ningún efecto. Yo creo que hay que buscar en los márgenes. Tampoco te puedes dejar ir, porque pierde el efecto. Pero esa violencia contenida, esa sensación de asco mezclada con deseo sexual me parece más pura que las cosas puras”.

-El papel de las abuelas es muy importante en la novela…

“En esa generación, ellas tomaron las riendas de la educación por la ausencia de los padres y las madres, que estaban trabajando. Para lo bueno y para lo malo. Algunas eran muy consentidoras y algunas tenían los valores tradicionales muy arraigados. La homofobia estaba muy presente. Muchas abuelas mandaban a sus nietos a rezar para que se les quitara la homosexualidad. Y luego, la presión con el propio cuerpo. Ser gorda era un horror, te estaban poniendo a dieta continuamente. Pero luego, si estabas muy delgada, también era una presión”.

-Hay una relación bastante bulímica con la comida en las niñas de la novela…

“Es que ha tenido mucha importancia en las mujeres de mi generación. Todos esos mensajes han llegado a través de la telenovela, de los anuncios de la tele. Estaba muy normalizado el tema de las dietas milagro. Y todo eso se filtró en la mente de las niñas. Limitó toda mi adolescencia. Incluso hoy en día tiene presencia en mi vida. Y creo que esa presión estética nos impide desarrollarnos como nos gustaría a hombres y mujeres”.

-Me gusta mucho esa cosa de la verticalidad del pueblo. Esas calles empinadas, ¿qué producen?

“Yo creo que te obliga, de alguna manera, a quedarte encerrado. Ahora que mi abuela está enferma, veo que no es como otras señoras mayores que salen a caminar. Si ella va a la calle, sale rodando. También te hace sentir que estás más lejos de las cosas. Ir a la playa es fácil, pero para volver, te pegas cuatro horas. Siento que la gente más humilde vive en sitios más empinados”.

Otra cosa de la que habla es de la autoconstrucción. Incluso la divide en dos épocas históricas…

Las casas terreras canarias, las primeras de la autoconstrucción, sí creo que están en autores como Víctor Ramírez o en Arozarena. Pero esas otras casas, las venezolanas, como yo las llamo, con un portón gigante y un balaustre, tienen que ver con esa realidad quinqui. Y quería narrarlas.

¿Por qué dos generaciones de una misma familia pueden hacer dos casas tan diferentes?

No sé hacerle un análisis antropológico, pero lo que he vivido es que esas primeras casas están asociadas a la pobreza. Y las segundas, a la opulencia, a los años del boom de la construcción. Y quizá a una necesidad de ostentación, incluso de imitación: veo que mi vecino está ganando dinero y está construyendo esa pedazo de casa, pues mando yo otra enorme. La generación de mis padres, que son de los setenta y largos, lo pasaron muy mal de pequeños, y venían de familias que vivían en esas casas de piedra. Lo que querían era construir una realidad mejor. Y para ellos, eso tenía que ver con huir de la piedra y de la puerta de madera. Poner aluminio. Son cosas materiales, pero también son símbolos. Y eso les ha generado una especie de tranquilidad mental, y gracias a esas casas de portones gigantes, yo he podido estudiar y luego repensarlas.

-¿Por qué cree que, en la Península, ha resultado tan rompedor el uso que hace de la lengua?

“Porque creo que tienen un desconocimiento muy grande de la realidad canaria, no se plantean que podamos ser diferentes. Para mi sorpresa, lo han aceptado como si fuera una historia latinoamericana, un exotismo. Cuando ellos leen un libro de Borges o de Cortázar, no les exigen que expliquen lo que significa determinada palabra. Pero cuando hablo con alguien de la Península, no acepta que utilice palabras canarias sin explicarlas. Sin embargo, si aparecen en un libro, parece que tienen más legitimidad y se las tienen que comer con papas.

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