Treinta años de espera

Un ciudadano de Buenos Aires esperó treinta años, desde que solicitó una línea de teléfono, antes de que se la activaran. El día en que el operario le instalaba la línea falleció de un infarto. Fue el propio técnico quien llamó a los servicios de emergencia. Esta noticia la leí en un periódico argentino hace muchos años, antes de que Telefónica de España se hiciera con la concesión de la telefonía en aquel país. Entonces, en calles estrechas como la peatonal de Florida, los bonaerenses se robaban unos a otros las líneas y si mirabas al cielo veías tal maraña de cables entrecruzados que habría sido imposible detectar la titularidad de cada uno de ellos. Cada vez que llamabas por teléfono podías estar escuchando diez conversaciones a la vez. Era un caos. Hay cosas que no se entienden. Por ejemplo, por qué en algunos países de Latinoamérica comprar un coche, por modesto que sea, se convierte en un lujo carísimo. Fíjense en los automóviles que circulan, por ejemplo, en Cuba. Son modelos americanos, pero de los años 50. Y en la República Dominicana. O en la propia Argentina, que fabrica algunos coches gracias a las franquicias de ciertas marcas europeas y japonesas, pero cuya adquisición resulta carísima, sobre todo por los impuestos que el Gobierno carga sobre los automóviles. Bien es verdad que en los últimos años las cosas han cambiado. Los turistas pueden disfrutar de los últimos modelos de coches de alta gama, pero a los locales les cuesta mucho acceder a ellos. Y en esos y otros países es conveniente llevar chófer. Me han contado que en ciertos lugares de África sacrifican a los más viejos, lanzándolos a la carretera para que sean atropellados por turistas que conducen coches de alquiler, a los que luego chantajean, impidiéndoles la salida del país si no pagan las indemnizaciones solicitadas, porque los seguros no cubren casi nada. Qué triste.

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