tribuna

Manual para el acuerdo, por Mónica García de Yzaguirre

En España no existe cultura del acuerdo, no tenemos formación ni experiencia para acudir a la mediación o fomentar la conciliación en la solución de conflictos y en la resolución de problemas que nos trascienden

En España no existe cultura del acuerdo, no tenemos formación ni experiencia para acudir a la mediación o fomentar la conciliación en la solución de conflictos y en la resolución de problemas que nos trascienden. Cada parte, cada facción, intenta imponer su visión de las cosas con desprecio a las necesidades y opiniones de la otra o de las demás. En la familia, en la escuela, en la universidad, incluso en los juegos infantiles, se mantienen estructuras jerárquicas y normativas que perpetúan una tendencia en la que, para afrontar el conflicto, prima la imposición/sumisión frente al diálogo y la transacción, de forma que cuando llegamos a la edad adulta carecemos de referentes y de habilidades para el acuerdo. No enseñamos el valor del compromiso y del diálogo. No aprendemos a escuchar, es más, vivimos en un entorno que divulga lo contrario y vemos habitualmente en la televisión personas que hablan interrumpiéndose continuamente. En alemán el verbo se coloca al final de la oración, de forma que el oyente debe esperar pacientemente a que el hablante concluya su exposición para conocer el mensaje, pues se ignora hasta que se transmite la última palabra qué sentido tiene lo que se está exponiendo. También debe esperarse en inglés ya que la partícula de negación, que da un giro completo al significado, puede ser la última palabra. Esto no sucede en español, ya que al estar el verbo ubicado normalmente tras el sujeto, en la mitad de la frase, el oyente mentalmente completa el significado de lo que se le está diciendo, sin esperar a que quien habla termine la oración, lo que facilita el atropello y la interrupción continua del interlocutor en el debate. Nos falta aprendizaje de trabajo en equipo. Todavía en nuestra sociedad y en el entorno laboral se fomenta el individualismo y la competitividad. Nadie nos dice lo importante que es reconocer el error y auto-cuestionarse continuamente para poder aprender y avanzar. La aceptación de nuestra propia falibilidad es el primer paso hacia la grandeza. Se ensalzan los liderazgos absolutistas en los que el empecinamiento es virtud, en tanto que la cesión y la negociación son vistos como debilidad: sostenella e no enmendalla.

Me interesa significar las eventuales diferencias de género en estilos de liderazgo, citando el meta- análisis llevado a cabo por Alice H. Eagly y Blair T. Johnson en 1990 (Gender and leadership style) sobre esta cuestión, cuyos resultados generales demostraron que las mujeres lideraban con estilos más ‘“democráticos” y “participativos” que los hombres y que éstos lo hacían de forma más “autocrática” o “directiva” que las mujeres. Respecto a los estilos “orientación a la tarea” y “orientación a las relaciones”, se encontró que las mujeres estaban ligeramente más orientadas a las «relaciones» que los hombres y no existían diferencias en el estilo “orientación a la tarea”. Admitiendo que existen estudios posteriores con resultados heterogéneos, mi experiencia personal es que, tanto la organización del trabajo, como la participación, la deliberación y la toma de decisiones en órganos colegiados, se corresponde plenamente con los resultados del estudio, según la Presidencia venga desempeñada por un varón o una mujer (Juntas Electorales, Tribunales, Salas de Gobierno, etc). En general, los varones reproducen los esquemas autoritarios y de control, en tanto que las mujeres fomentan el trabajo en equipo, la cooperación y la empatía.

¿Qué ingredientes hacen falta para romper esta tendencia de nuestra sociedad? Voluntad, voluntad y voluntad, y si cabe añadir algo más, respeto.
La voluntad para alcanzar acuerdos implica una mirada racional y no emocional a los problemas y conflictos, buscando la efectividad de la solución por encima de personalismos, venganzas, rencores o ventajas personales que pueden obtenerse de la propia situación de crisis.

La voluntad de solucionar problemas en los que están inmersas varias personas o colectividades supone una intención real de encontrar vías de acuerdo que satisfagan razonablemente intereses plurales. En esta senda no existen ni malos ni buenos, ni vencedores ni vencidos. Los interesados son co-protagonistas del diseño de las soluciones, por encima de tensiones y de imposiciones unilaterales. Conversamos con los demás en posición de empatía y asertividad, y no de confrontación y competitividad. Reconocemos en el otro a alguien con idéntico propósito e implicación en resolver un problema común, y no a un adversario.

La voluntad de alcanzar acuerdos para solucionar conflictos o elaborar un proyecto consensuado para superar problemas comunes ha de ir de la mano del respeto, de la aceptación de la legitimidad de la discrepancia y de la diferencia. Escuchamos al otro, sin interrupciones. Abordamos el encuentro de forma abierta, alejando de nuestra actitud el recelo al fracaso, a la manipulación o a la tergiversación. En el diálogo es necesario eliminar prejuicios, líneas rojas, vetos, o posiciones de fuerza, partiendo de una página en blanco; exponer con franqueza nuestro criterio, manteniendo la lealtad hacia el proyecto; centrar, definir y determinar el fin deseado por ambas partes, como proyecto compartido, con independencia de las personas. En fin, debemos abandonar el reproche de pasado, abordando el análisis con perspectiva de futuro. Voluntad y respeto, que aseguren la reserva y discreción en la negociación y el compromiso del cumplimiento de lo que fuere convenido.

En la España que estamos viviendo, con una crisis sanitaria que trasciende nuestras fronteras, con un panorama político atomizado, con varias legislaturas que evidencian unas Cortes incapaces de aprobar unos Presupuestos Generales del Estado o la renovación de las Altas Instituciones como el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial o el Defensor del Pueblo, en cumplimiento del mandato constitucional, hacen falta voluntad y respeto, parece necesaria, hoy más que nunca, una visión femenina del liderazgo.