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Mi pueblo

Mi pueblo fronterizo portugués se llama Chaves y es línea con España por Verín, provincia de Orense. Tiene un puente romano y un archivo municipal interesante, que da fe de algunos portugueses que lucharon en los ejércitos de España y que, tras la Conquista, poblaron territorios como las Canarias. Luego cristianizaron princesas guanches y matrimoniaron con ellas. ¿Por qué no escribir la épica de la post Conquista, que no contó con juglares propios ni con cronistas imparciales que narraran aquellas gestas de montañas y barrancos? Yo, a pesar del mestizaje, estoy de parte de los guanches, aunque no hay quien me haga renegar, orgulloso, de mis orígenes españoles, o si quieren portugueses. A lo mejor es la sangre la que me tira hacia Portugal, una nación que encanta. En mi pueblo, Chaves, además de la estatua del héroe nacional existe un puente romano y unos lavaderos de esa época, bellísimos. Ya no existen tiendas de toallas, tiendas fronterizas, como antañazo, porque las rayas desaparecieron con la Unión, aunque hayan renacido un rato con la pandemia. Portugal tiene una especie de encanto de hermana menor y una historia que asusta, Tras os Montes, allá donde duerme el Duero su epopeya de vados, cañaverales y cascadas. Quiero volver a mi pueblo de origen, que cita don Juan Régulo en el Nobiliario de Canarias, para comer presunto (jamón) y comprar artesanía con el escudo heráldico del pueblo, que es parecido al mío familiar. Cuando los portugueses entonaron su Grandola, Vila Morena/Terra da fraternidade sentí envidia porque nos ganaron de la mano por unos años. Había claveles en las bocas de los fusiles y aquí los bárbaros fomentan el escrache y la violencia, a la vez que sus hembras aparecen en las revistas del corazón. Portugal, tierra de conquistadores, de iglesias y de libros viejos, de puentes romanos y de fados. Volver a Chaves, puede que de donde nunca debimos salir.

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