tribuna

Reflexiones sobre un viaje a Afganistán

Lo peor de todo es fingir que uno dirige un país cuando es incapaz de servirle. ¿De quién es esa frase? ¿De Maquiavelo? ¿De De Gaulle? ¿De Cioran? ¿O de aquel afroamericano de Mineápolis a quien oímos en la CNN hablando de Donald Trump?
Por fin despiertan los padres de los estudiantes. Su razonamiento es de lo más simple. Nadie sabe si los niños son particularmente vulnerables al virus o no, pero lo que está claro es que estamos a punto de poner en peligro, a causa de esta sospecha, la escuela laica, republicana y obligatoria. Por una vez, en otros términos, el principio de prevención funciona al contrario de las prescripciones higienistas. Blanquer, el ministro de Educación de Francia, es quien, con los defensores de la igualdad de oportunidades, ha conseguido lo que pretendía.
Hölderlin tendría hoy 250 años, pero sus últimos poemas, los que firmó con el pseudónimo Scardanelli, ¿acaso no los dató antes de la fecha de su nacimiento?
Se dicen tantas sandeces sobre la ecología. La principal es, huelga decir, que el calentamiento global es un engaño, un efecto del discurso progresista, una ilusión óptica. Leo dos estudios. Uno, de la FAO, que echa por tierra la idea según la cual el planeta tiene una “capacidad de carga” limitada y que está a punto de no poder alimentar a sus nuevos habitantes: prueba de que hay algo más peligroso que la irresponsabilidad de los defensores del crecimiento límites, véase, Malthus, su espectro y su Gran Equivocación. Otro estudio era de la revista Nature Sustainability, firmado por Rebecca Miller, Christopher Field y Katharine Mach, donde se establece que los incendios de California son consecuencia de que ya no se producen quemas controladas como las que, desde la noche de los tiempos, eliminaban el bosque muerto: una manera de decir que, para salvar los bosques, no hace falta menos acción humana, sino más intervención y técnica. Volveré sobre este punto en otro momento.
El hombre sin Dios no es más que un animal, decían los antiguos. El hombre sin arte, sin metafísica, sin fe en una causa superior y que lo hace más grande que sí mismo no es más que una bestia.
Converso con mi amigo Tom Kaplan, ese filántropo estadounidense que vería con buenos ojos que Francia tomara la iniciativa de una OTAN del Mediterráneo oriental o, tal vez, de la zona mediterránea al completo. Hay dos tipos de imperio, concluimos. Los que elevan y los que destruyen. Europa se encuentra entre los primeros. El nuevo imperio turco, con las miras puestas en el Partenón, en Santa Sofía, en las ruinas de Leptis Magna de Libia y en las luminosas mezquitas de Sarajevo es un amasijo geopolítico del que solamente se puede esperar lo peor.
¿Volverá a salir elegido Donald Trump? Sí. Pero será Rómulo Augústulo, el último emperador de Roma, el que portaba el nombre del fundador y lo convirtió en el de su sepulturero; el nombre del pináculo y el esplendor clásico desfigurado por el sufijo diminutivo y ridículo en grado sumo, el de aquel grande del que Virgilio cantó alabanzas; el ‘niño Augusto’, ese rey-infante cruel y ridículo a propósito del que el historiador Edward Ribbon contaba que, el día en que Odoacro, rey de Hérulos, lo obligó a abdicar, lo encontraron cotorreando, tuiteando, en su gallinero.
El sueño del poeta, según el epílogo de Las metamorfosis de Ovidio: una obra de la que no sacasen provecho ni la mezquindad de los hombres ni la cólera de Júpiter, ni, sobre todo, “el diente del tiempo”. ¿El diente? Nada nuevo bajo el sol. Vivir sin cargo de conciencia. No ahorrarse ni un remordimiento.
Concluyo, en Afganistán, mi serie de ocho reportajes para Paris Match. Cuando llegue el momento de decir cuáles fueron mis grandes aliados en esta aventura, diré: Kessel, por el aliento; Malraux, por la epopeya; Géricault, pintor de batallas; el Hemingway de By-Line, y Aristóteles pronunciando, al contrario de lo que se dice en estos tiempos de COVID, la recomendación más noble que se le pueda hacer a una persona, que no es ‘cuídate’, sino ‘cuida del mundo’.
En su Paraíso perdido, Milton convierte a Satán en el hermano caído de Jesús. ¿El principio de la gnosis? ¿O el del relativismo que hace que, a fuerza de pensarlos como conceptos unidos, ya no distingamos el Bien del Mal?
Deauville. Venecia. Ahora, San Sebastián. Y, en San Sebastián, las palabras de Frémaux —actual director del Instituto Lumière y del Festival de Cine de Cannes—, que repetía, una y otra vez, que un mundo sin cine sería menos amable y menos habitable. Una ocasión —de ahora o nunca— para recordar aquel aforismo de Godard sobre la televisión, que nos hace bajar la cabeza, y la gran pantalla, que hace que la levantemos.
No, señor, Mélenchon, el problema no son las guerras de religión. Es la guerra que ciertos religiosos, los islamistas, le declaran a la República. Al pan, pan y al vino, vino. Y habrá que llamar a Valls al rescate.
La llamaban RBG. Murió el día de Rosh Hashaná, el del Año Nuevo judío. Las cosas del azar. Aquí, ese azar ha sido el diablo metido en política; a menos que se levanten las voces de todo el país y que digan bien alto: Ruth Bader Ginsburg era, en el Tribunal Supremo, la conciencia de Estados Unidos; con ella, el Tribunal Supremo era el garante de los derechos de las mujeres; del último paso para que las personas más desfavorecidas pudieran acceder al derecho a la sanidad, además, last but not least, del rigor del escrutinio del 4 de noviembre. Sustituirla, de aquí a las elecciones, por Amy Coney Barrett, la favorita de Trump, sería herir de gravedad quizá no la letra de la Constitución, pero sí el espíritu de las leyes estadounidenses.
Aragon, Breton y Desnos se indignaban, hace un siglo, de que se pensara en erigirle un monumento a Rimbaud en Charleville. ¿Qué dirían entonces del proyecto de que entre, con Verlaine, en el Panteón? Cuidado con las estatuas. Mueren cuando las desmontamos, pero, cuando las erigimos, pueden dañar tanto como honran.

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