tribuna

Adán, en la Playa de los Sueños

El de Adán Martín continúa siendo un caso inusitado en la política. No solo en la canaria y la española, sino en la política europea

El de Adán Martín continúa siendo un caso inusitado en la política. No solo en la canaria y la española, sino en la política europea. Su foto recostado en la litera de piedra del santo, la Cama de Anchieta, en la Playa de los Sueños de São Paulo, consagra esa estampa con el mar de fondo de alguien que se detiene a pensar. Se trataba de un político que llevaba puestas siempre las gafas de lejos, un caso poco común. Hace diez años de aquel 10 del 10 de 2010 en que murió tras luchar durante más de una década contra una enfermedad que no era el coronavirus, sino el cáncer, que sigue llevándose por delante a muchísima gente, aunque la cortina de humo de la COVID nos distraiga de los males letales que la preceden. Adán archivó el cáncer linfático y siguió su camino con él a cuestas como Anchieta, que hacía kilómetros descalzo con la espalda rota por la escoliosis. Aplazó la muerte mil y una noches. “Yo sé que me voy a morir, pero intento morir de viejo con este cáncer incurable”, comentó en el restaurante del Mencey en una de tantas entrevistas que le hice.

Tenía el carisma predispuesto y se hacía querer y creer. Voy a decir algo que puede ser opinable. Como quiera que los conocí bien a los dos, Adán y Fidel compartían algunos rasgos comunes, un extraño fenotipo lleno de coincidencias. Tenían, al margen de ello, un ligero parecido físico con barba, pero en lo que más me recordaba el uno al otro era en el estajanovismo, en el echar horas de trabajo y en la fe ciega. Adán tenía el vicio del comandante de llamar de madrugada a sus colaboradores con cualquier pretexto. Y los dos parecían incombustibles, incluso Adán con cáncer. Pero no tenían en común la ideología, aunque Adán en lo suyo era un revolucionario, un socialdemócrata que se dejaba llevar por el populismo afectuoso de los sueños. Soñaba con morir de viejo, hijo de un padre longevo que lo llevaba de niño a los barrios y los cementerios. Cuando regresó de Brasil, nos contó que había estrechado lazos con Lula -para entonces, estandarte de América Latina- y le había arrancado el compromiso de celebrar en Canarias una Cumbre Iberoamericana, aquel foro donde el rey Juan Carlos le espetó a Hugo Chávez el famoso espantón: “¿Por qué no te callas?”

Construir no es solo hacer carreteras y edificios, decía: “Los edificios son importantes, pero el motor del cambio son las ideas”. Me sacó una libreta subrayada con las carreteras que estaban pendientes de ejecutar en la isla, es cierto. Pero, sin embargo, le recuerdo en una reunión maratoniana con el mundo de la cultura en Presidencia. Era ingeniero y se le iban los ojos hacia el espectáculo de las infraestructuras, también era un cazador de talentos. Contrató a Calatrava cuando el joven arquitecto prometía, antes de hacerse famoso por genio y por pesetero. ¿Pero quién le niega hoy rango de símbolo cultural de la ciudad al Auditorio de Adán con el ala delta forrada de trencadís de Gaudí? Si Canarias es un sueño continuo, Adán la soñó continuamente. Me llamó, como a tantos, una noche, y me hizo la encuesta: “¿Tú cómo lo llamarías: Eje Transinsular o Transcanaria?” Le sugerí lo que me sonaba mejor y me equivoqué, pues todo el mundo lo ha llamado después Eje Transinsular. Y el director general de Infraestructura Viaria, José Luis Delgado, me confesó que ese proyecto futurista de nodos intermodales para superar la fragmentación de Canarias en una red de transportes terrestres, marítimos y aéreos era un sueño apasionante y factible con que vencer la insularidad, dijo elogiosamente. Adán no era Leonardo da Vinci, pero por qué será que no nos cuesta trabajo imaginarnos una conversación entre los dos. Hay pocos políticos, repito, de dentro y fuera de las Islas, que encajen en ese molde renacentista. Hoy se hizo de noche. Es tal la ceguera y el desasosiego. Quizá Adán, de haber sobrevivido, no habría soportado tanta improvisación en un mundo sin cimientos que va como esos trenes bala que levitan. Se habría llevado las manos a la cabeza viendo evolucionar sobre el plató a un showman de presidente de la primera potencia. No habría entendido por qué se escinden los ingleses de Europa cuando los canarios, estando más lejos, tendemos puentes. Habría convenido con Merkel y Macron y poco más. No está el horno para bollos. Y ese mundo -que es este- le habría producido mucha tristeza.
El mundo, no el virus, que es una enfermedad, y eso no le daba miedo.

Adán cogía los toros por los cuernos, era afable, pero no cobarde. Afrontó dos de nuestros momentos más críticos, el Delta y la crisis de los cayucos. Esta última, que ahora es un déjà vu en tiempos de la pandemia, la lidió en connivencia con su amigo José Segura, dos raras avis de políticos estudiosos. Algunas batallas perdió en su Camelot, como la vida, pero se ganó un lugar en la memoria colectiva, y legó un estilo de ser y hacer. No siempre lo entendieron, algunos ridiculizaban su discurso de la felicidad en su investidura, porque la isla tiene sus miserias. En un encuentro con el rey pronunció, por cierto, un discurso encendido que hizo enrojecer al monarca hasta que terminó. “¡Qué susto me diste, Adán!”, le dijo Juan Carlos, “te vi tan lanzado que pensé que ibas a pedir la independencia de Canarias”. Tuvo la oportunidad de gobernar con un 10 por ciento de paro en Canarias y elaboró un libro verde para contener el desarrollismo turístico por razones medioambientales. Adán le daba vueltas a las cosas, tenía fama de impuntual e indeciso, pero nunca rebatió ni lo primero ni la duda cartesiana, se aceptaba como era. Paradójicamente, quería ser recordado por contribuir a que “Canarias no llegara tarde a su futuro”. Y planificó sin descanso ese viaje.

Su doctrina sobre las Islas incluía el mar y el aire, como parte del territorio. Algunos conceptos más aportó; Canarias, una tierra única es su acepción más conocida. Era el suyo un sacerdocio político contra reloj. Algunas ideas sobre el Archipiélago atlántico -prefería este nombre al de nacionalidad- recordaban a Carballo Cotanda. Cuando conocí a Adán y a Hermoso -una pareja política que superó en amistad a la de González y Guerra- eran dos tecnócratas tentados por el PSOE. La política obró en ambos más que una simbiosis, una lealtad inquebrantable. Acaso fueron los últimos mohicanos de esa raza de dúos políticos, cuando hoy los partidos no son un lugar confiable, ni sus acólitos actuales guardan relación alguna con el espíritu de Adán, salvo para presumir de él, ahora que ya no hace sombra.

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