TRIBUNA

Alberto Cañete, el cantautor reservado

Cañete era de la ola de cantautores de finales de los 70 como el delfín de una manada

Cañete era de la ola de cantautores de finales de los 70 como el delfín de una manada. Llegó hasta nosotros con las pilas puestas, sensible y aventajado, quería cantar como hacían los jóvenes juglares entonces, con una necesidad imperiosa. Era cosa de una generación rebelde concernida por antecedentes familiares, como en su caso, y por las luces largas que proyectaban cubanos, chilenos, argentinos y centroamericanos. La cacerolada de América contra las dictaduras eran hermosas obras de música popular, canciones y cantatas: La Nueva Trova, los Parra, Víctor Jara y Quilapayún. Cañete tenía los mimbres y las ganas, había sido una voz blanca, ya optaba a su propio estilo y paría temas, se ganó el derecho a tener un recital tras otro, a ser parte de la bandada. Y desde entonces sería un cantante intermitente, como muchos de aquellos trovadores que siempre me parecieron a la altura de la Nueva Trova Cubana. Una vez, vinieron a vernos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, de isla a isla, intrigados por aquella correlación de fuerzas entre Cuba y Canarias en términos cantautoriales, cuando ya Taburiente y Senante eran conocidos discográficamente y una pléyade de voces nuevas había irrumpido como por generación espontánea. Los llevamos por sorpresa a un club de San Honorato, a una de las calderas de la factoría. Cañete estaba ya incurso en la fase troncal de un movimiento de canción popular como no ha vuelto a suceder. Aquellos noveles eran geniales y allí estaban los padres de la Nueva Trova Cubana, en Tenerife, en La Laguna, como una aparición. Silvio y Pablo no daban crédito. En la isla por entonces había chicos y chicas, alevines, adolescentes y veinteañeros, dúos, grupos y solistas, que no tenían PlayStation todavía y gastaban el tiempo en componer y cantar, primero por el gusto del cambio a punto de palmarla el dictador y después porque el pozo adictivo de la poesía los succionó.

Recuerdo a los niños del gremio y las parejas sentimentales que integraron los dúos de aquella primavera musical, como Luisa Machado y Alberto Méndez Naranjita…; pronto voces de mujeres y hombres saltando de pueblo en pueblo en una ronda ambulante: Marisa Delgado, Pepe Paco y Suso Junco… tantos y tantos, ¿dónde andarán?

Mucho antes hubo el brote contestatario de los 60, en la Universidad de La Laguna, con José Manuel Abreu y otros troveros, pero en aquellos años 70 este país era una olla a presión, entre carcas y cantantes protesta, después de 40 años de dictadura. Alberto Cañete se subió a los escenarios sin haber cumplido la mayoría de edad. Estaban los cimientos puestos, trémulos y audaces, con el miedo a la represión y los arrestos de Raimon, Paco Ibáñez, Labordeta, Pablo Guerrero, Lluis Llach, Els Setze Jutges y la nova cançó que arrancó en los 50. Ellos, Cañete y todo el movimiento de la Nueva Canción Popular Canaria, que Martín y yo impulsábamos en la radio y en periódicos como este con una doble página de Música Popular, estaban creando las condiciones, cuna y tálamo, de otro país que iba a ser concebido y que en los pañales de la preautonomía no tardó en crecer.

Diríase que celebramos 40 años de parlamentarismo, pero se han olvidado de otros tantos de canción militante, que fue el cauce donde se engendró la conciencia que trajo el autogobierno. Lo decimos los testigos de primera fila. Ya no vive Pedro Guerra Cabrera, que alumbró desde el Parlamento, en los 80, un doble álbum de aquella Nueva Canción con el Centro de la Cultura Popular Canaria. Pero han sobrevivido otros que convendrán conmigo en este lapsus de la memoria colectiva. Todo ha ido muy deprisa, se han borrado algunas huellas. Los cantautores, la música popular, los senantes-sabandeños-taburientes fueron vanguardia, mascarón de proa de la libertad y las autonomías del Estado que nació de las cenizas de aquella dictadura. El Taller y Pedro Guerra, juntos y separados, gozaban del esplendor de las últimas décadas de finales de siglo, que ahora añoro con el virus de la nostalgia. Cañete les precedió en la tromba de la Transición. Cuando Los Sabandeños, Taburiente y Caco Senante vieron venir a los jóvenes setenteros, hicieron piña. Yo viví la guerra de los cantautores, de al vent y tiene que llover a cántaros, una causa coetánea de la de los Isidoro y Carrillo sin bisoñé. Hubo un periodo previo a la Transición en que en España -y en la Canarias Libre de Cubillo, Sagaseta y el Látigo Negro- los cantantes cerraron filas con los insurgentes de los partidos prohibidos. Este periódico me envió a Madrid a entrevistar a la oposición clandestina de García Trevijano, Nazario Aguado y Calvo Serer, de socialistas, comunistas, liberales, peteés y oerretés, y recuerdo que la misma malla contenía a los cantautores de las Españas regionales y nacionalistas. Los grises estaban en pie de guerra.

Ser cantautor era algo grave, como ser rojo condenaba a los infiernos. Cañete era un niño que se curtió en aquella facundia excitante de conciertos en las calles y plazas. En Guía de Isora hicimos con Zenaido las 12 horas de Canción Popular, que acabó con la Guardia Civil disolviendo al rojerío y confiscando las banderas. Los cantantes irrumpían en la Plaza de Toros o en la plaza de Somosierra bajo vigilancia policial. Yo poeta declaro, escribía Agustín Millares Sall, y Caco lo musicó: era la clase de munición de los cantautores para ir a la guerra con la escopetarra. Estaban Ángel Cuenca, Juvenal, Rubén Díaz y Pluma y Voz, Grupo Palo, Vicente Umpiérrez… Y Cañete. Y hubo una fusión de géneros contemporáneos y raíces ancestrales, que ahondaban hasta el indigenismo de Valentina la de Sabinosa, por quien los cantautores sentían un cariño reverencial, como hace Olga Cerpa desde la tribuna de Mestisay con Manolo González. Cañete, Pedro Guerra, Rogelio Botanz, Andrés Molina… unos creadores sensacionales. Cañete se inició en la Coral de Voces Blancas de la Caja que dirigía Alberto Delgado, el padre musical de retoños como él y Rubén Díaz. Niños que trajeron aquel amanecer de las cuerdas vocales de las islas. Querían componer, cantar y ser libres, y se granjearon una arcadia particular. Durante años tuve a mano a Alberto KÑT en CajaCanarias, el concejal lagunero y cantautor reservado que acaba de fallecer repentinamente. No puede sino dolerme mucho su marcha inesperada. Sé a quiénes quiso más que a la música, a Inés, a los hijos, a los padres, a las hermanas y al nieto, y las musas se lo sabrán perdonar.