el charco hondo

Cenicientas

Profetizamos que los bares perderían su encanto con la prohibición de fumar, nos echamos las manos a la cabeza, lamentamos que sin el olor a tabaco empaquetando el ambiente las barras no serían lo mismo, auguramos que sin humo los bares se parecerían demasiado a las tiendas de ropa, las perfumerías o a espacios aún […]

Profetizamos que los bares perderían su encanto con la prohibición de fumar, nos echamos las manos a la cabeza, lamentamos que sin el olor a tabaco empaquetando el ambiente las barras no serían lo mismo, auguramos que sin humo los bares se parecerían demasiado a las tiendas de ropa, las perfumerías o a espacios aún más aburridos, nos dijimos que sería humillante tener que salir a la calle a encender los cigarros, que terminaría una época, dijimos, proclamamos que el malditismo moriría con la prohibición de fumar, profetizamos, nos lamentamos, auguramos y proclamamos, pero lo hicimos, y acabamos acostumbrándonos. Nos indignamos cuando declararon la guerra a los decibelios, a cualquier artilugio con música que pululara por el carnaval, creímos que lo de poner una hora límite a esas noches supondría un tiro en la frente a la cara anárquica, desordenada y gamberra de La Fiesta -así, con mayúsculas-, nos indignamos, creímos, nos rebelamos, pero lo hicimos, y terminamos digiriéndolo. Somos animales con una capacidad de adaptación que bordea el infinito, capaces de acostumbrarnos a rutinas o hábitos que a priori nos parecen descabellados, absurdos, tan extravagantes como puede serlo, a ojos españoles, cenar a las siete. Sí, a las siete. De la pandemia a esta parte hemos renunciado a salir a cenar, y ha sido poco a poco, sin apenas darnos cuenta, exiliándonos de esas horas porque el toque de queda amenaza la sobremesa, postre e incluso un picoteo en condiciones, nos quedamos en casa para ahorrarnos que, como en Cenicienta, a las doce la moto se convierta en una calabaza y la compañía en ratones. Nos hemos atrincherado en el mediodía, en los almuerzos largos, y está bien, o muy bien, pero tampoco pasaría nada por volver a las cenas, quedando a la siete, con horas por delante y con ganas de echar una mano a los restaurantes, qué buena falta les hace que no nos limitemos al almuerzo. Por qué no. Por qué no probar lo de quedar a las siete para cenar. La realidad de mamparas, geles y saludos estrambóticos en la que hemos aterrizado invita a normalizar lo aparentemente anormal y a continuar sumando cambios, por raros que parezcan. Probemos, quedemos a cenar a las siete, por qué no, qué más da, a fin de cuentas en pandemia las rarezas son una raya más para tigres con mascarilla -qué mejor manera de recuperar un trozo de noche, echando de paso una mano a los restaurantes-.