Tribuna

Expertos

La recurrencia al arbitraje de los expertos es algo muy frecuente en la solución de problemas complicados donde confluyen intereses de diversa índole. Por ejemplo, en el caso de atacar una crisis sanitaria que tiene graves y profundas consecuencias económicas. ¿Quiénes serían aquí los expertos? ¿Una reunión paritaria de médicos y economistas, tirando cada uno […]

La recurrencia al arbitraje de los expertos es algo muy frecuente en la solución de problemas complicados donde confluyen intereses de diversa índole. Por ejemplo, en el caso de atacar una crisis sanitaria que tiene graves y profundas consecuencias económicas. ¿Quiénes serían aquí los expertos? ¿Una reunión paritaria de médicos y economistas, tirando cada uno para la defensa de sus respectivos sectores? No creo que salieran demasiadas conclusiones de este cónclave, a menos que se relacionen los asuntos de salud directamente con la economía, o viceversa. Siempre andaría sobrevolando el debate la preponderancia de uno de los dos aspectos. Es decir: ¿cómo influiría la economía en los posteriores conflictos que los déficits provocan sobre la sanidad -en los temas que garanticen un nivel óptimo de asistencia- o qué incidencia tendría sobre la salud el adoptar medidas de prevención que influyan directamente en el deterioro de parámetros productivos, financieros o laborales? En cualquier caso, en un debate multidisciplinar de urgencia siempre estaría flotando una materia con mayor preponderancia que la otra, y sería muy difícil establecer un diagnóstico equilibrado. Esto sería así porque los expertos, que son los que acumulan experiencia, lo son en los campos donde han desarrollado sus actividades exclusivas. La discusión se complica aún más si se tienen en cuenta las cuestiones formales, de carácter legal, que necesariamente deben proteger a las decisiones que se adopten. Habría que recurrir a una condición más globalizadora, que puede hallarse en lo intelectual, para el hombre que sea capaz de conciliar varios puntos de vista, aparentemente encontrados, y así formar un juicio acertado en torno a una situación que requiera decisiones inmediatas. A falta de expertos y de intelectuales, se recurre a un procedimiento intuitivo, siempre expuesto al error, que se denomina determinación política.
En España, a la hora de atacar los efectos de esta terrible pandemia que nos azota, se comenzó con una comparecencia donde abundaban representantes sanitarios, económicos, jurídicos, laborales, militares y policiales, amparados por una comisión de expertos que se hallaba en la trastienda. Al final todos desaparecieron del escenario, y de los hombres con experiencia solo quedó un médico raso que nos contó sus intimidades y contradicciones en un programa de televisión especializado en aventuras. Una muestra más de que navegaba en el océano de la incertidumbre. También los expertos se volatilizaron en una acción digna de David Copperfield, que ha hecho desaparecer cosas mayores, como rascacielos y portaviones. En este orden de cosas, después de un intento de colaboración estrecha, y ante la parafernalia de un acto cuajado de banderas, se acordó la creación de un órgano de colaboración en el que el coordinador designado dimitió a las cuarenta y ocho horas. Lo que se prometía como coordinación tuvo apariencia de imposición, y terminó con una sentencia judicial que echó por tierra las medidas que se intentaban poner en práctica. La culpa de todo esto la tiene el haber elegido el marco político para decidir sobre la salud, el trabajo y la economía de unos pacientes ciudadanos que se mantiene crédulos porque no les queda otro remedio. Hemos llegado al punto en donde es necesario reconocer que la política ha fracasado. Ahora estamos en medio de una segunda ola y aún no hemos encontrado la tabla adecuada para surfearla. Volvamos al principio, a aquel 16 de enero que Simón le contaba a Calleja en Tele5. Siempre Tele5 en nuestras vidas, para una cosa o para la otra. La política no funciona, pero me temo que si se crea una comisión de expertos, de intelectuales, o de lo que sea, seguirá estando ahí cumpliendo el cupo paritario obligado de las ideologías. Este exceso de ideas es lo que tiene al país asfixiado. Cambien el chip, por favor, si no nos quieren matar a todos de aburrimiento, y de lo otro.