viernes a la sombra

Lenguaje procaz y tabernario

Los políticos deben extremar el cuidado de sus declaraciones públicas (y ya puestos, hasta privadas), de sus conductas, de sus gestos y de sus apariciones. Algunos episodios recientes demuestran que hasta parecen ignorar que hay una cámara o un magnetofón grabando y que la difusión posterior puede acarrearles disgustos o críticas difícilmente superables. Podrán justificarse […]

Los políticos deben extremar el cuidado de sus declaraciones públicas (y ya puestos, hasta privadas), de sus conductas, de sus gestos y de sus apariciones. Algunos episodios recientes demuestran que hasta parecen ignorar que hay una cámara o un magnetofón grabando y que la difusión posterior puede acarrearles disgustos o críticas difícilmente superables.
Podrán justificarse diciendo que son víctimas de sus prontos, de un deslenguamiento sobrevenido y hasta de una necesidad de defenderse ante la arremetida de un adversario basto y procaz que llegó a emplear algún embuste en su exposición, pero salvo que tire de fina ironía y construya bien un par de sarcasmos –es que con uno difícilmente basta-, los riesgos de quedar estigmatizado por alguna ‘boutade’, son considerables.

Lo peor es que esas frases fomentan el encono y favorecen ese clima de crispación que, a su vez, impulsan la desafección que tan fácil es adivinar en cualquier ambiente político, institucional o partidario. Los malos modos se han ido imponiendo progresivamente, es difícil encontrar excepciones y las refriegas –lo que en fino, y acaso para suavizar, se denomina rifirrafes dialécticos- han terminado caracterizando lo que, en teoría, debería ser el debate político.

De ahí que sea fácil pasar de la natural discrepancia –ideológica o de modelo dispar- a la descalificación o al insulto. Quienes recuerden aquel “tahúr del Missisipi” que Alfonso Guerra dedicó en un debate parlamentario al entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, pensarán hasta en una expresión benevolente, ocurrente y sandunguera si la comparan con algunas de las que en estos días utilizan portavoces y cargos públicos -“atmósfera irrespirable”, dijo una diputada en la última sesión de control- empeñados en palabras gruesas, faltonas e inapropiadas –en definitiva, dicterios- que verbalizan lo que simplemente es mala educación o incapacidad argumental.

Cuando desde el plano político se salta al pseudoperiodístico o al estrellato de la comunicación individualizada que ha de subsistir gracias al aumento del protagonismo buscado o de la servidumbre de intereses, el panorama se torna desolador, allí donde se encuentran la degradación, la desfachatez, la malcriadez y la desvergüenza, para que sufran los valores democráticos, para que la gente pierda la fe y las convicciones y para que la conclusión injustamente generalizada, “todos son iguales”, termine asentándose en las coordenadas políticas de cualquier nivel, alimentando el rechazo hacia los cargos públicos y el noble arte de la política y produciendo de paso la desazón que distingue a una democracia de baja calidad.

En Canarias, recientemente, hemos sido testigos de hechos, manifestaciones y dichos desafortunados. Hay que lamentarlo. Cuando se confunde la dialéctica punzante o audaz con el lenguaje tabernario, malo.