súperconfidencial

Los lectores

Los desocupados y amables lectores me escriben sobre mi tristeza. No existe mi tristeza. O, en todo caso, es una tristeza común, porque en el 2020, que por fin se va a terminar, no existe un solo motivo para la alegría, a no ser la dicha del afortunado del sur de Tenerife al que le han tocado ciento y pico mil euros en la bonoloto; el 20% de los cuales se los mamará Hacienda. Ya no nos han dejado gratis ni la lotería, sino que Hacienda mete su zarpa en la cosa y nos pela más de lo que nos pela habitualmente. Pero lo mío no es tristeza, sino alegría contenida, que en ocasiones se confunden. Alegría porque cada vez falta menos para las elecciones generales y quizá para comprobar el masoquismo del pueblo. Aunque, ya puestos, diré que en España es tan malo el Gobierno como la oposición, así que tampoco parece bueno esperar grandes cosas de los comicios, dentro de tres años o cuando toque. Los amigos que me llaman y me escriben saben que no voy de triste, sino que me muero de aburrimiento. Es que eso de no ver turistas es terrible, porque volvemos a ser un pueblo y a contemplar las caras de los mismos todos los días; lo cual me parece un machaqueo terrible. Yo era muy nórdico antañazo, cuando llegaban aquí las walquirias del Norte a ponerte la alegría en el cuerpo. Una vez tuve una novia sueca, que era dentista, y se pasaba el día poniendo pegas a mi odontólogo, que era Bernardo Cámara, y que me dejó una boca tan perfecta que casi no me la ha tenido que tocar mi amigo el doctor Fran Naveiras. Puedo decir que tengo una boca eterna, pero la sueca insistía en que hiciera varios cambios. Luego se le olvidó y nos pusimos a lo nuestro. Menos mal.

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