Tribuna

Viaje al centro de la Tierra

Francesc de Carreras escribe que es necesario converger al centro para salir de la crisis. Ya se ha dado un paso, ahora falta dar el otro. La pregunta es inmediata: ¿dónde está el centro español? El centro se distingue por avanzar al ritmo pausado de la evolución, huye de los sobresaltos y los cambios drásticos, […]

Francesc de Carreras escribe que es necesario converger al centro para salir de la crisis. Ya se ha dado un paso, ahora falta dar el otro. La pregunta es inmediata: ¿dónde está el centro español? El centro se distingue por avanzar al ritmo pausado de la evolución, huye de los sobresaltos y los cambios drásticos, está escaldado de revoluciones, porque vive escarmentado del fracaso de tantas como ha visto. El centro, en España, está al lado de preservar los valores constitucionales, de garantizar la igualdad entre todos y para todos, y de procurar el equilibrio ponderado entre los distintos territorios asegurando y fortaleciendo los lazos de unidad del Estado. Más o menos eso, y pocas cosas más, son las ansias del amplísimo sector de votantes que se refugian en su espectro. Si es a esto a lo que se refiere Francesc de Carreras, se puede afirmar que el bloque que apoyó la investidura y que es el soporte de la actual coalición no está plenamente representado en este espacio sociológico. Es más, me atrevería a decir que cada vez está más lejos, y este sería un factor importante que habría que corregir. Sin embargo, pese a que la recuperación de la centralidad sea extraordinariamente conveniente, es algo que entraña una seria dificultad que no se puede negar sin más. Se habla mucho de una excesiva tendencia del socialismo hacia su izquierda provocada por la aparición de Podemos, que pretendía comerle el terreno. Siendo esto así, la situación, después de los resultados de las elecciones gallegas y vascas, junto con el anuncio de desmembración de los anticapitalistas andaluces y el alejamiento de algunos políticos de los comunes catalanes, parece que ha disminuido bastante la amenaza de un sorpasso, como el que se intentó en 2016. Otra cuestión es la supuesta radicalización de la militancia, a la que recurrió Pedro Sánchez en su retorno a la conquista de la Secretaría General. Mucho se levantaron las aguas en el interior del partido para suponer que sea fácil retornarlas a un estado de calma. Luego está todo eso de la ambición, la resistencia, los colchones, el Falcon, y demás historias, que es lo menos importante en esta película. Sánchez ofrecía gobernar en minoría, y seguro que le hubiera resultado más sencillo que hacerlo con Iglesias y con Garzón; teniendo que recibir a hurtadillas a la vicepresidenta venezolana, y casi esconder a Leopoldo López para que no se lo coman los podemitas. Después de que los populares se han quitado de encima el lastre de la ultraderecha todo es más factible. Vox se desprendió de su careta en el pleno de la censura, y estableció un discurso de imposible asimilación por los partidos que quisieran ocupar un espacio en el centro político. Sobre todo, en sus referencias a Europa y a otras cuestiones de identificación nostálgica. Las fieras chillaron unos días, pero, poco a poco, se han ido calmando. Sánchez puede debilitar a sus socios populistas y reducir la presión del independentismo (del radical y del otro) haciendo patente que son innecesarios, y gobernar alternativamente con acuerdos puntuales. En esto no debería tener ningún miedo. En el fondo, una gran parte de los integrantes de su partido desean regresar a la moderación y estar calentitos en el centro, en lugar de depender cada mes de las encuestas del CIS y tener que pasar por el trago de creérselas. A esto pienso que es a lo que se refiere Francesc de Carreras. Por eso dice que falta por dar el otro paso. Ignoro lo que se negocia en secreto, pero hay algo que no se me escapa, y es comprobar como todos han ido a la cena de Pedro J. Allí no estaba Iglesias, ni Rufián, ni Bildu, ni ninguno de los que ahora presumen de civismo por no haber ido. Ya lo dijo el anfitrión. Siempre han estado invitados y nunca han venido. Tampoco estaba Vox. Alguien con buena intención podría decir que la foto de Colón se ha cambiado por la foto del Casino. Lo que le queda al “redondismo” hará que aguanten un poquito más, pero ya se le está viendo el caminar a la perrita.