por qué no me callo

Y a Holanda se le bajaron los humos

Está Europa con la COVID que le sale por las orejas

Está Europa con la COVID que le sale por las orejas. Hasta los países nórdicos, que habían orillado la primera ola de primavera con una sensación de inmunidad engañosa, sufren el flagelo del virus ahora y a regañadientes se embozan como el resto de los mortales. El primer ministro holandés Mark Rutte le ha visto las orejas al lobo, lejos de aquella displicencia de Wopke Hoekstra, su ministro de Finanzas, que acusaba por entonces a España e Italia de no haber ahorrado lo suficiente para afrontar una crisis como esta.
El incidente desagradó tanto al primer ministro portugués, António Costa, que lo tildó de “indignante” y le mostró a Holanda la puerta de salida del club. El golpe de realidad ha sido incontestable en esta fase (Europa acumula siete millones de positivos y cerca de 250.000 muertos), en particular en los Países Bajos, que hasta ahora fiaban el control de la pandemia al sentido común de sus ciudadanos y dejaron el uso de la mascarilla al criterio de cada cual. La situación es irrebatible en toda Europa. La República Checa lidera el ranking, seguida de Bélgica, Holanda, Francia, Reino Unido y España.
Los contagios se han disparado desde mediados de septiembre y ya Holanda es, por tanto, el tercer país más afectado del actual caos en Europa. Rutte se había puesto ejemplarizante arrogándose el escudo protector que suponía la responsabilidad individual de sus compatriotas. Pero a estas alturas del repunte del patógeno, los médicos y expertos de su país ya no se tragan la teoría de una inteligencia cívica superior de los holandeses y han pedido medidas leñeras como todo el mundo para evitar el tsunami.
Para hacernos una idea, Holanda, que ejerció presión sobre Alemania para entorpecer los fondos de Next Generation de la UE contra la crisis de la COVID, supera ya a España (con tan solo 17 millones de habitantes) en incidencia acumulada de contagios. Holanda es un caso de referencia. De una parte, el ciudadano es celoso guardián de sus derechos individuales, y de ello deberíamos aprender, pero a la vez muestra cierta impertinencia cuando recibe órdenes de prevención de salud. Llama a su anterior confinamiento “inteligente”, no hizo nunca cuarentena y hasta donde he podido saber tampoco distanciamiento social. Ahora que en pocos meses vienen elecciones, Rutte, la cara señoritinga de Europa, que daba lecciones a los países del sur y profesaba una encubierta inmunidad de rebaño, pregunta tapándose la boca a Sánchez y Conte qué recetas aplican en España e Italia.
Por aquí somos fieles al harakiri nacional y nos hemos acusado de haberlo hecho todo al revés. Pero no era tan inteligente el norte y tan bestia el sur. Ni el famoso alarde del comportamiento social nórdico resultó tan fiable frente al exceso de afecto latino. Era más simple, el virus no respeta moldes culturales y salpica a todos por igual. Solo funciona la corta y vertiginosa experiencia que hemos adquirido para combatirlo. De ahí las medidas y normas de protección. Aún con vacuna viviremos atados al nuevo código de conducta una larga temporada, hasta que escampe el temporal, dicho en español y en holandés.

TE PUEDE INTERESAR