El charco hondo

Bragas

La provocación es un arte exigente, un ejercicio que no se deja domesticar fácilmente. Tampoco es sencillo llamar la atención sin caer en el exceso -consciente o no- y pasarse de frenada. Captar el interés del espectador no es tarea simple. A veces los artistas acaban sacrificando el mensaje, difuminándolo o incluso sepultándolo, desplazando a […]

La provocación es un arte exigente, un ejercicio que no se deja domesticar fácilmente. Tampoco es sencillo llamar la atención sin caer en el exceso -consciente o no- y pasarse de frenada. Captar el interés del espectador no es tarea simple. A veces los artistas acaban sacrificando el mensaje, difuminándolo o incluso sepultándolo, desplazando a un segundo plano lo sustancial, anteponiendo la forma al fondo, otorgando más protagonismo al continente que al contenido. La provocación adquiere la categoría de obra de arte cuando cuando concilia una cosa con la otra, la visión con la reflexión. Cuando Marcel Duchamp eligió la provocación para llamar la atención y generar debate lo hizo con atrevimiento, pero teniendo claro qué herramientas le permitirían alcanzar su meta. Cuando con una exposición pretendes llamar la atención contra la violencia de género, pero lo haces colgando centenares de bragas en representación de las 1.889 denuncias registradas el pasado año, el medio utilizado deja en un segundo plano al fin, a la cuestión de fondo. La buena intención de la artista, tan plausible como incuestionable, no logra el propósito deseado. La exposición, apadrinada por el Cabildo de Gran Canaria, ha logrado que se hable de la forma, pero bastante menos del fondo; la propuesta concede el papel estelar a la propuesta en sí misma, dejando al mensaje sentado en el vagón de cola. Se habla más de las bragas que del terrorismo doméstico, del continente que del contenido, de la provocación -como principio y final del mensaje- que de los torturadores que se mueven como pez en el agua puertas adentro. Hay más. Las bragas de la muestra poco o absolutamente nada dicen de la violencia psicológica. Captará la atención de quienes se crucen con la exposición, pero no parece probable que la reflexión que susciten las bragas vaya más allá de lo puramente visual. Cuando intentando llamar la atención los materiales empleados silencian la idea que se quiere trasladar, si eso pasa, y éste es el caso, esa idea ha fallado. Si el protagonismo es para la provocación y no para el asunto abordado es que la provocación no logró su objetivo. La violencia de género merece que cualquier referencia se aborde con humildad, respeto y mesura, y así lo hago al referirme a esta muestra; pero, atendidas esas premisas, creo sinceramente que esa exposición, bienintencionada, no se acerca al propósito que la inspiró.