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El populismo se examinó

Hace un par de meses escribíamos que el populismo de derechas se examinaría junto a Trump en las elecciones norteamericanas, y que su victoria o su derrota era evidente que tendría una influencia decisiva en el futuro de los populismos similares que hoy proliferan por todas partes. Una influencia que sería inversa en los populismos de izquierdas, incluyendo los españoles. Trump ha perdido las elecciones, se ha incorporado a la lista de los únicos diez presidentes norteamericanos que no han repetido mandato, y las ha perdido tanto en votos populares como en delegados de los Estados, es decir, no las ha perdido por el modo de escrutinio o regla de recuento de votos del complejo sistema electoral norteamericano, que le hizo ganar hace cuatro años, a pesar de que su oponente -Hillary Clinton- tenía tres millones de votos populares más. Su política interior y exterior errática, imprevisible y contradictoria; su pésima gestión de la pandemia; sus relaciones nunca aclaradas con Rusia y Ucrania, y su excesivo derechismo radical y desafiante, con tintes racistas, muy exacerbado incluso para una sociedad tan conservadora como la norteamericana, le fueron afectando negativamente durante la campaña electoral y terminaron por pasarle factura. Su enfrentamiento con dos poderosos grupos de presión, Me Too y Black Lives Matter, fue también determinante. Paralelamente, las posibilidades de Joe Biden al final llegaron a ser muy superiores a las que tenía al inicio de las primarias, cuando la broma era que los demócratas estaban eligiendo al candidato que iba a perder frente a Trump. Un Trump tan contradictorio que ahora acusa de fraude electoral a unas instituciones a las que siempre alabó en nombre del patriotismo, y que, como era de esperar, se resiste a aceptar su derrota. De todas formas, como siempre ocurre en los Estados Unidos, esa derrota se produjo en los llamados Swinging States –Estados oscilantes o bisagra-. Los Estados de la denominada Nueva Inglaterra, en la costa atlántica, y los de la costa del Pacífico votaron demócrata; y los del sur, incluyendo Texas y Florida, y los del medio oeste votaron republicano, como han hecho en todas las elecciones presidenciales desde hace mucho tiempo. La clave estuvo en Nevada y Arizona, y, sobre todo, en Pennsylvania y los Estados industriales en crisis de la zona de los Grandes Lagos. Y no olvidemos que Trump ha perdido con el mayor número de votos de un perdedor, y que sectores importantes de la sociedad norteamericana le siguen apoyando: la derrota del populismo de derechas ha sido relativa.La elección de la senadora de California Kamala Harris como candidata a la Vicepresidencia aumentó las posibilidades demócratas, no solo por ser mujer, lo que en estos tiempos es un activo político, como muestra Me Too, sino también por ser de padres inmigrantes -de Jamaica y la Unión India-, lo que la conecta con Black Lives Matter, aunque junto a esas luces, la senadora proyecta sombras por sus relaciones con intereses empresariales californianos y por su pasada actuación como fiscal general del Estado de California. Si tenemos en cuenta el bajo perfil político de Joe Biden, y su edad, que hace improbable un segundo mandato, concluiremos que Harris tiene posibilidades muy reales de llegar a ser la primera presidenta norteamericana.

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