Tribuna

Guanche-Marlaska

Era la semana de las momias guanches. Y en medio del protagonismo nacional del aborigen de la cueva del Barranco de Herques, con el rostro recreado en la TVE, por esos días, la diputada Ana Oramas invocó en el Congreso la vuelta del MPAIAC como un espantajo contra Madrid por amurallarnos la inmigración. Y resucitó, […]

Era la semana de las momias guanches. Y en medio del protagonismo nacional del aborigen de la cueva del Barranco de Herques, con el rostro recreado en la TVE, por esos días, la diputada Ana Oramas invocó en el Congreso la vuelta del MPAIAC como un espantajo contra Madrid por amurallarnos la inmigración. Y resucitó, sin querer, a Cubillo cual momia del independentismo. De Cubillo al guanche de Herques distan más de 800 años y es posible que entre ambos exista un hilo conductor. Cubillo era guanchista y agitaba la cantata sabandeña del Mencey Loco, en sus emisiones de La Voz de Canarias Libre desde Argel, para incordiar a la Moncloa, que tenía atravesado al guanche y le temía. El historiador israelí Yuval Noah Harari diría que estamos ante uno de esos relatos construidos con un fin político: desenterrar al guanche es clamar contra la metrópoli. Eso fue lo que hizo Cubillo en los años 70 y 80 para reclamar la independencia de Canarias. En su guerra de las ondas no había ejército, contaba con espontáneos comandos urbanos que tiraban petardos y pudieron hacer mucho daño a terceros. Eran tiempos de terrorismo (de Baader-Meinhof en Alemania, Brigadas Rojas en Italia, el IRA en Irlanda del Norte, y en España, Eta) y el subgénero de Cubillo, llamado propaganda armada, era de baja intensidad, hacía mucho ruido y podía resultar peligroso. Cuando Oramas evocaba este miércoles el fantasma subversivo del Mpaiac para intimidar a Sánchez, que intercambió miradas de asombro con sus ministros, quiso impresionar con el leviatán local, el quebradero de cabeza de Madrid. Cubillo es el coco de sobremesa, en la nacional incoherencia de CC, pues la diputada también desbarró citando una confabulación inaudita de canarios, marroquíes, argelinos y mauritanos contra la inoperancia de España ante el embrujo de cayucos y pateras con Mohamed al fondo.
En fin, entre momias andaba la semana, en una Cámara plagada de ellas, pues el Congreso resume lo anticuado y ñoño del promedio de escaño de este país y otras caducas democracias. Canarias tuvo oradores y grupo propio en las filas nacionalistas, cuando llegó a ser bisagra de gobiernos, pero esta crisis migratoria nos coge bajo mínimos y Oramas sobreactuando como Rufián. Los nacionalismos históricos se van quedando estériles, sin música ni letra en una ronda de imitadores. En general, la política se pasea en el show de las boutades y ocurrencias de sus señorías. Se conserva mejor la momia de Herques, ocho siglos después, que algunas cabecitas de la obsolescencia programada del hemiciclo. Es posible que con Cubillo se nos respetara más en Madrid en esta encrucijada de miles de rehenes de África atrapados en la ratonera de Arguineguín, en un año antológico de percances. Ahora infunde temor la momia de Cubillo. Lo inapropiado del rescate de su memoria es que confluye con la momia de Franco 45 años después, y es verdad que en la calle se ausculta un cierto fanatismo revanchista y racista, como ayer en Santa Cruz, que repele al extranjero de color negro llegado de modo irregular, en un acto de repudio porque gobiernan los rojos.
Los mpaiacos empuñaban la bandera tricolor con siete estrellas verdes, y Cubillo, aficionado a toponimias y gentilicios, arengaba en las ondas hertzianas de Argel contra los españoles llamándolos godos. Adolfo Suárez captó el mensaje y trajo unos cuantos miles de millones de aquellas pesetas, en los años de plomo del Sáhara, cuando el abandono africano de las Islas no se debía aún a las pateras, sino a la espantada española en su provincia de Saguia el Hamra y Río de Oro, la traición a los saharauis y el rendibú genuflexo a Hasán. Cubillo trazó su relato con una lógica inapelable: lo que le había pasado al Sáhara le podía suceder a Canarias.
Marruecos lanzó la Marcha Verde, se adueñó del territorio y España miró para otro lado. Cuando firmó los Acuerdos Tripartitos de Madrid (1975) regalando su trozo de tarta del desierto a marroquíes y mauritanos, firmaba un papel mojado a la luz del Derecho Internacional y España arrastra desde entonces la vergonzante resaca de una potencia colonizadora que se dio a la fuga. Hasta hoy en que vuelven a sonar los tambores de guerra, en esta zona caliente, con Rabat envalentonado ante la débil España por la pandemia como cuando Franco estaba en el lecho de muerte y aprovechó para saltar la valla del Sáhara. El coronavirus vendría a ser la tromboflevitis del dictador. Después de correr con sus leyes de aguas, de firmar sus contratos militares con EE.UU. para ser el corsario de África, de azuzar con Ceuta y Melilla y de violar la paz con los polisarios, Marruecos trama algo en la trastienda de todo, no lo duden. La momia de Hasán II también tiene motivos para darse por aludida en esta vuelta al pasado. Marlaska fue el viernes a Marruecos para concertar un pacto migratorio que rebaje la tensión en Canarias. Al ministro se le atragantó Canarias. Cubillo habría tenido madera para sus soflamas.
Este déjà vu deambula por personajes de ayer en otra España y otra Canarias con Marruecos inamovible en sus apetencias anexionistas, pues Mohamed VI reencarna la momia reanimada de su padre. Hubo lances y desenlaces en el tragaluz de casi medio siglo, pero las heridas siguen abiertas, y el siroco del desierto empolva y desempolva los hechos de esta historia como una matraquilla. Antonio Cubillo terminó sujetándose las tripas con las manos tras sufrir un atentado español con sicarios de ocasión y se salvó de milagro. El legendario abogado de las lecheras era el guanche saliendo de la cueva de la dictadura de Franco, vagando por París y Moscú, hasta recalar en la emancipada Argelia de su amigo Ben Bella. Tinduf, donde me adentré en aquellos años en que se concebía la RASD, sigue siendo una foto fija. Marruecos nos ha hecho desconfiados. Nos quita el caladero, nos tapa las aguas con la chilaba y mucho antes nos metió en su geografía mesiánica del Gran Magreb. ¿Por qué nunca le damos la espalda? Por eso. Las pateras siempre son un síntoma de lo que piensa Rabat. ¿Y España? ¿Qué piensa? ¿Dejarnos como el muro y la cárcel de los migrantes de la pandemia en las portadas de la prensa nacional e internacional? La suerte parece estar echada en ese estribillo de Lesbos, Lampedusa y Canarias, que tienta a las musas de Los Sabandeños. Aquella cantata del mencey de Anaga ponía como una moto a Cubillo cuando las momias de los guanches eran tabú y las pateras aún no constituían una señal de alarma.