Tribuna

Más propaganda

Las técnicas del marketing y la propaganda avanzan los acontecimientos de una manera arriesgada. Cuando se hace el lanzamiento de un producto que todavía no existe, se corre el peligro de que las cosas se tuerzan y lo anunciado no llegue nunca ha producirse. Ocurre entonces igual que con aquellas fallidas noticias de prensa, que […]

Las técnicas del marketing y la propaganda avanzan los acontecimientos de una manera arriesgada. Cuando se hace el lanzamiento de un producto que todavía no existe, se corre el peligro de que las cosas se tuerzan y lo anunciado no llegue nunca ha producirse. Ocurre entonces igual que con aquellas fallidas noticias de prensa, que se adelantaban para que pudieran salir en la edición del periódico y luego no sucedían en la realidad. “Ha llegado a Lanzarote el señor delegado de…”, y después el avión no salía por causa del mal tiempo. La propaganda tiene una ventaja y es que las rectificaciones de los errores también se convierten en propaganda, y se acaba construyendo un rimero de falsedades que pasan a formar parte del mundo de la normalidad. La mentira se transforma en costumbre, porque no pasa nada al ser descubierta. Las parroquias están dispuestas a tragárselo todo, máxime cuando el que fabrica los bulos advierte de su existencia, intentando proclamarse en árbitro y filtro de lo que es o no es verdad. Estamos ante el experimento del ‘Cacao maravillao’, que fue el lanzamiento de una cadena de televisión dentro de la propia televisión. Como todos sabemos, ese chocolate cantado por las Mama Chicho no existía. Era un paraíso de dulzuras que no se podía adquirir en ningún mercado, un producto falso para crear la adicción a otro. A partir de entonces, el marujeo español no ha dejado de estar pendiente de lo que ocurre en la pantalla de Telecinco. Aún no sabemos qué vacuna es la que se aplicará en Europa y ya anunciamos la publicación del vademécum y de las instrucciones reglamentarias para su aplicación. Se trata de ir creando el ambiente. De generar un panorama de esperanza para garantizar la confianza. No importa que luego las cosas no sean como se dice, al fin hemos comprobado que el estado de decepción es más soportable que el estado de excepción, que la gente se acostumbra al engaño, y que seguirán pendientes de los realitys, aunque les aseguren que están guionizados y que viven esclavos de la apariencia de realidad. Reality, realidad aparente, se ha convertido en relato; y el relato encadenado tiene su origen fantástico en Las mil y una noches. Se trata de continuar contando el cuento para que al amanecer no te corten la cabeza. Hay quien piensa que esto es arriesgado, que algún día acabarán por pillarte el truco, pero ese día pertenece también a la ilusión de ir prorrogando el descubrimiento del fraude, colocando una mentira sobre otra, siempre intentando tapar a la anterior. Hay regímenes que han durado demasiado tiempo apoyándose en esta propaganda que mantiene el embeleso del pueblo en un líder carismático o en una política declaradamente engañosa, o en una captura ideológica que no tiene más salida que la de dar satisfacción a una venganza de algo que no se sabe bien lo que es. Estamos inmersos en una cascada permanente de divulgación publicitaria, tanto es así, que parece la tarea más importante en la que está enfrascado el Gobierno. Por eso nos dicen cómo nos tenemos que poner una vacuna seis meses antes de que esté en circulación. Quizá no sea la de Pfizer, o la de Moderna, o la de Putin. Da igual. Hay que estar prevenidos para cuando salga, y se anuncia antes de navidades y de esta manera nos podamos comer tranquilos el turrón. Hay quien dice que después de la pandemia las cosas van a cambiar radicalmente. Tomaremos más tila, nos acostumbraremos a vivir decepcionados, y descubriremos que existen un montón de cosas que nos sobran para ser felices. Entre ellas, la libertad para pensar lo que nos dé la gana. Una de las ventajas del Paraíso era delegarlo todo en el Creador y vivir sin la responsabilidad de tener que dar cuentas a nadie. Eso sí, a cambio de portarnos bien y no llevarle la contraria. Ya saben cómo se llama en el mundo actual. Pues eso.