el charco hondo

Negatividad

Quién no se ha enterado de que la ola de otoño está golpeando con tal fuerza que ha obligado a sacrificar noviembre. Quiénes no han leído o escuchado millones de veces que las cifras de fallecidos, ingresados y contagiados nos vapulean de lunes a domingo. Quién o quiénes no son plenamente conscientes de que los destrozos de la pandemia van para largo. Quién no se sabe de memoria el daño económico, laboral, anímico e incluso mental que está generándonos esto que nos ha pasado; después de nueve meses conviviendo con lo que a todas luces es la guerra que ha tocado a estas generaciones, quién no tiene claro qué puede o debe hacer para rebajar el riesgo de contagiarse o contagiar. Todos estamos al tanto de lo que hay que tener en cuenta, pero a algunos no nos hace falta que estén recordándonos cada cinco minutos lo que ya sabemos, sobra que nos asalten por la calle o en la oficina con el último parte de guerra, con el peor dato de éste o aquel país, con los testimonios apocalípticos de los que especulan sobre un corto o medio plazo del que ellos tampoco tienen ni puta idea. Algunos creemos que la negatividad -esa manía de untarse constantemente con pesimismo- multiplica el daño que nos causa esta coyuntura. La negatividad es la pandemia que está expandiéndose en paralelo a la pandemia. Quienes plantamos cara a la situación con realismo pero sin flagelarnos -conscientes de la situación, sí, pero rebelándonos contra el derrotismo extremo- nos preguntamos si no sería saludable un Real Decreto que ayude a contener los contagios de negatividad, confinándola perimetralmente para evitar la propagación del fatalismo redundante. Por qué descartar un estado de alarma que establezca para las reuniones en espacios públicos y privados un máximo de una persona negativista (sea conviviente, conveniente o coincidente, tanto da), o un toque de queda que limite la presencia de negativistas en restaurantes, centros de trabajo, terrazas o gimnasios. Dando otro paso, cabría sugerirles que no escuchen más de uno o dos boletines informativos al día, y prohibir que acosen a amigos o conocidos con descripciones tan reiterativas como prescindibles -por conocidas- sobre lo difícil que está resultando todo esto, advirtiéndoles de que hablando a todas horas de lo mismo no vamos a salir antes ni mejor del marrón que nos ha tocado. Realismo sí, pero ahorrémonos una negatividad que lo único que hace es empeorarlo.

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