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Síndrome de tener un problema

El confinamiento voluntario al que me he sometido empieza a surtir sus efectos negativos. Sufro del síndrome de tener un problema, problema ficticio que agrava el aislamiento de una manera brutal

El confinamiento voluntario al que me he sometido empieza a surtir sus efectos negativos. Sufro del síndrome de tener un problema, problema ficticio que agrava el aislamiento de una manera brutal. Me imagino peligros que no existen, consecuencias que tampoco son reales y le doy cincuenta vueltas a cosas tan absurdas que yo mismo me asusto de ello en los momentos de lucidez. La soledad aumenta mis angustias. El otro día se lo contaba a un amigo que me vino a rescatar y a invitarme a una pizza en el Dinámico, que es lo único que funciona bien en el Puerto de la Cruz y que, por cierto, ya no se llama Dinámico sino de otra manera. Además, no caminar me ha afectado a la musculatura y me duelen los abductores, de no estirarlos. Tengo más lesiones que Gareth Bale y Eden Hazard juntos, que ya son lesiones. Pero es que no me provoca salir, porque casi todo está cerrado y no hay gente por la calle; y la que transita junto a ti, te huye como si fueras un apestado; y eso que salgo con mascarilla quirúrgica, correctamente colocada. Debo tener apariencia de portador del puto virus. En fin, que no son tiempos agradables para el ser humano y todo lo que le llega a uno es malo, desde la Comisión de la Verdad de Sánchez/Redondo a la pelea encarnizada entre Trump y Biden, que no sé quién de los dos será peor, porque no crean que Biden es una buena pieza. Y el otro no digamos. En fin, que al aislamiento se une una especie de memez intelectual mundial que tiene a uno patas arriba. Ya lo dije el otro día, pero nadie me hizo caso: puede que sea la fin del mundo. A ver si mi amigo me invita a otra pizza y dejo de pensar también en eso.

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