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Una tormenta tropical

Que los tiempos están descambiados es una realidad. Ahora nos ha puesto la ventolera en sus rutas y se anuncia una posible tormenta tropical. Ya no nos resultará extraño tapar las ventanas para que los muebles no se vayan a tomar por culo, como veíamos en las películas y en el No-Do. Y el burro de Trump decía que eso del cambio climático era un cuento. Ojalá que los vientos se desvíen y que las desgracias no nos salgan al paso de nuevo, que ya soportamos el Delta y el otro, uno de ellos con ocho muertos. Lo que nunca. Los tiempos están locos y me da que la desgracia ha venido para quedarse. Entre las colas de las tormentas tropicales y las pandemias, es mejor convertir la casa en un refugio atómico y meter mucha agua en el garaje, como recomendaban los vulcanólogos cuando el Teide empezó con sus enjambres telúricos. Una vez se anunció aquí una desgracia, la señora compró docenas de latas de aceite de oliva, las vació en la bañera, llegó el nieto y le quitó el tapón porque el niño quería ducharse. Imaginen la cuerada de la vieja al niño, que quedó baldado para los restos. Cuando las rebajas en un centro comercial de Tenerife se montó tal lío por una lata de aceite barato que una señora le clavó los dientes en el culo a la de delante para ganarle el turno. Como la dentadura era postiza, la señora de delante se la llevó puesta en el glúteo a su casa y no se enteró sino cuando se sentó, ya con el culo mordido. Esto de las rebajas, los temporales y las pandemias tienen también su lado gracioso, no vayan ustedes a creer. Que en esta vida no todo tiene que ser desgracias, a pesar de las tormentas tropicales que vienen.

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