tribuna

Y todos jadarios a los diez meses

Ahora solo cabe imaginar cómo será la vida cuando regresemos a la normalidad, si habrá condiciones para entonces sobre las que asentar una sociedad que se parezca a aquella. Porque debemos invocar cuanto antes un estado de cosas convencional, sencillo y confiable. Uno de los síndromes que vamos a arrastrar una larga temporada cuando todo esto acabe es la desconfianza y la aprensión. Nos hemos vuelto suspicaces, retraídos, ermitaños. Cancelamos la agenda de contactos, porque nos han cincelado en diez meses para vivir diez años acojonados, no socializar, ser huidizos y solitarios (a riesgo de ser menos solidarios bajo ese recelo), en favor del círculo conviviente, cuán magno dogma. En algunos países de Europa y tierras de España (en concreto, para este puente de difuntos) se han prohibido las reuniones de miembros de dos hogares distintos. Y ante el weekend del Halloween hemos sido apercibidos -con llamadas al orden- para cortar por lo sano las fiestas del aquelarre, que si nos pasamos de la raya extramuros de la casa o la ciudad con vecinos o parientes sin catalogar, y el semáforo en rojo, nos jugamos el confinamiento, la trena. En La Laguna se contempla el toque de queda por pastorear en rebaños ajenos, sin medir las consecuencias. Los disturbios de Europa y las plazas españolas más candentes en contra de las restricciones por el acelerón del virus anuncian que viene a la contra un nuevo cisma: el de los negacionistas, capaces de cerrar filas con el virus contra los gobiernos.

Hoy es 1 de noviembre. La prueba de fuego de este salto de mes es como la de Julio César, si cruzamos el Rubicón: alea iacta est (la suerte está echada). La reprimenda por la jarana nos puede salir cara, otro encierro a cal y canto. Para esclavos ya aprendidos viene el invierno largo y España decreta seis meses de estado de alarma sin un píleo de libertad hasta dentro de tantos meses. El 14 de marzo del primer decreto quedará para siempre como nuestros idus de marzo, que han llegado, pero aún no han acabado, como dijo el vidente romano. “¡Cuídate de los idus de marzo!”, hagamos caso al inglés que de eso hizo un drama.

Hubo un tiempo en que el año romano duraba diez meses y empezaba en marzo; el décimo era diciembre. ¿Qué decálogo hacer de estos diez meses de 2020? Por citar, citemos algunos hechos. Del amago de guerra en enero de Estados Unidos e Irán, tras atentar Trump contra Qasem Soleimani, el general iraní, hemos llegado a esta orilla con el hallazgo de agua en la luna. Un glosario de acontecimientos jalona el año enmascarado, con el primer gobierno español de coalición; el brexit; la calima del fin del mundo; el hundimiento del petróleo en los mercados; el primer vuelo privado con astronautas al espacio; el exilio de ida y vuelta del rey Juan Carlos; el envenenamiento ruso de Navalni; el pucherazo de Lukashenko y las revueltas de Bielorrusia… Tendríamos para hacer un inventario sin aburrirnos. Y sin mencionar al innombrable.

Podríamos hacer esa semblanza provisional del año, al décimo mes, ignorando, en efecto, la tiranía del virus, como hacía el personaje de Roberto Benigni en La vida es bella, que convertía el campo nazi ante su hijo en una mentira. Podríamos sorprendernos haciendo apología de un año extraordinario, como dirían los locos de Radio La Colifata. Asegurar a pie juntillas que ha sido, está siendo la mayor experiencia de superación de nuestras vidas. Y que el suplicio del recuento diario de muertos, enfermos y altas no nos está afectando tampoco tanto. Que es cierto que algunos niños duermen con las manitas cerradas en puño para no tocar las sábanas por temor a contagiarse, pero que siempre hubo trastornos compulsivos y no es nada de particular. Que es toda una aventura atravesar mes a mes este año bisiesto, haber llegado al décimo, y que es una lotería estar vivos y poder contarlo. Que ahora que Europa se vuelve a confinar, nada impide que a nosotros nos toque hacer lo mismo de nuevo, como cuando nos encerraron manu militari y el Ejército vigilaba las calles y no te dejaban circular , como cuando a las siete de la tarde todos salíamos a las ventanas a aplaudir a los sanitarios, a los bomberos y a la policía, que nos prohibía salir a pasear siquiera con la crisis de ansiedad que nos entraba, y hubo detenidos y hasta presos por saltarse la cuarentena, pero aplaudíamos por aplaudir con ganas, con rabia, con lágrimas, con gel en las manos.

Podríamos repasar los mejores recuerdos de una letanía de hechos sin acritud y con sus momentos divertidos. De cómo nunca hubiéramos sabido, si no es por 2020, que se podía vivir sin fútbol, sin cine, sin cafeterías, incluso sin ir al trabajo, recluidos en casa a machamartillo, y atiborrarnos en el sofá en un mundo de gordos, jadarios y sedentarios universales. ¡Lo que nos ha enseñado este condenado año…!
Nos ha dado una lección de humildad, pues todos somos iguales ante el virus. ¡Qué demostración más ejemplarizante! Nos ha quitado la venda de los ojos y nos hemos puesto la mascarilla sin pretextos. No es tiempo de remilgos. El que no entre en razones acaba en la UCI, que lo sepan los que van quemando por ahí contenedores. Nunca le vimos las orejas al lobo tan cerca. Ya podemos decir que sabemos lo que es una pandemia, esta sí que es una experiencia que podemos contar. Ver para creer. Hemos visto a Boris Johnson al borde de la muerte. Y a Trump toser con cara destemplada. Y a otros jerifaltes no los hemos vuelto a ver, como a Kim Jong-un, que se lo tragó la tierra. Diez meses como diez mandamientos, como los diez dedos de las dos manos, y nos han parecido diez años por lo menos. Podríamos ser los fantasmas de una raza extinguida. Pero seguimos al pie del cañón, cumpliendo las normas, viendo las barbas del vecino arder y poniendo las nuestras a remojar. Francia, Alemania, Bélgica, Chequia, Holanda, Italia, ayer Inglaterra, Austria, Portugal… En todas partes cuecen habas. Y en estas pequeñas islas descreídas no queda otra que remar, seguir remando hasta el infinito y más allá.

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