por quÉ no me callo

Yes, el virus puede

Elegir presidente de los Estados Unidos debería ser obra de más de mil millones de personas por lo menos, las comprendidas entre América del norte y el sur y toda Europa con las Islas incluidas, obviamente. Más allá de este radio de acción, el inquilino de la Casa Blanca le incumbe a mucha más gente en miles de kilómetros a la redonda, donde el Tío Sam ejerce su mayestática autoridad imperial y estratégica sobre países de África, Asia y Oceanía, sin olvidar la estación espacial. Pero este martes 3 (no 13) y desde que se abrieron las urnas anticipadamente, la suerte está echada. La suerte del mundo, no la de Estados Unidos en particular.

Aunque el amo absoluto ya no existe como tal, dado el avance de China y sus mosqueteros de la Nueva Ruta de la Seda, las polarizadas fuerzas hegemónicas de cada bloque permiten saber que el presidente yanqui hace recaer toda su influencia sobre el área geopolítica en la que estamos inmersos europeos, españoles y canarios de a pie. Y solo las embestidas del virus y su fuego a discreción han relegado las elecciones USA a un segundo plano. Europa y el mundo, a todos los efectos, están en guerra, siguen en guerra. Esta III Guerra Mundial va para un año y son, por tanto, elecciones con un ojo en el frente de batalla y otro en las urnas. Pero no, por más que nos vaya en esta ceremonia (toda elección es un jolgorio o un funeral), sabemos que, una vez más, no vamos a poder votar para elegir al presidente de los Estados Unidos de América y demás países de su influencia.

Cuando Obama, lo sentíamos una campaña tan canaria o española como nuestras autonómicas y generales, y fueron, a mi juicio, las elecciones USA más cercanas y entrañables que se recuerdan por aquí. El “yes, we can” del candidato afrocamericano que iba a cambiar la historia de su país nos impactó más, sin duda, que aquel eslogan socorrido en las campañas españolas, “es la economía, estúpido”, de Bill Clinton. Porque Obama sacudió las conciencias de medio mundo: “Nos dicen que no podemos cambiar Washington, pero sí, podemos. Yes, we can!” Y el efecto del axioma electoral se extendió masivamente, sin que su autor, un sabio estratega del candidato demócrata, el joven asesor David Axerold (su testimonio autobiográfico reconstruye el nacimiento de la frase talismán, el inicial rechazo del propio Obama y el posterior éxito que la cubrió de gloria) pudiera adivinar entonces, en la primera década de este siglo, que no estaba pariendo únicamente un eficiente latiguillo electoral, sino la contraseña de toda una generación.

Pero las frases de esta campaña brillan por su ausencia. Ni Trump es Bush ni Biden es Obama o Clinton. A este, cuando Bush padre parecía imbatible en los años 90 por sus batallas psicodélicas en el Golfo Pérsico, también su estratega de campaña, James Carville, le desatascó las cañerías para llegar a la Casa Blanca con aquel mensaje-emblema, “la economía, estúpido”, que luego se hizo célebre como una afirmación: “Es la economía, estúpido”. No la inventó, como en Obama, para redondear un discurso exquisito, sino como un pósit recordatorio en las paredes del cuartel general de campaña, entre otras sugerencias sobre el cambio y el sistema de salud.

Tengo la seguridad de que Biden no fulminará a Trump por la acción de una frase explosiva, sino gracias a algo imperceptible que no estaba escrito, un virus, que acaso fue, en versión informática, lo que cuatro años antes le hizo presidente en el famoso hackeo de los ciberataques del Rusiagate.

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