Tribuna

Canarias: una territorialidad sin definir

En 1341, un siglo antes de los primeros pasos firmes de la verdadera conquista europea de las Islas Canarias, un marino genovés, Niccoloso da Recco, arriba a nuestro Archipiélago

En 1341, un siglo antes de los primeros pasos firmes de la verdadera conquista europea de las Islas Canarias, un marino genovés, Niccoloso da Recco, arriba a nuestro Archipiélago pagado por el rey de Portugal de entonces y da cuenta de dos hechos muy determinantes para descifrar la territorialidad de Canarias: ni las islas descubiertas (trece según este expedicionario) hablan el mismo lenguaje, no se entienden entre sí; ni tampoco cuentan con embarcaciones para comunicarse entre ellas.

Quizá esa imagen de fragmentación y desconocimiento mutuo entre las Islas Canarias, sea la primera que desde Europa se exporta para el mundo entero en el umbral renacentista. Son muchas islas, descoordinadas, sin un lenguaje común.

Pero si nos fijamos bien, esa territorialidad quebrada y ese desapego entre las poblaciones insulares seguirá en buena parte vigente hasta casi el siglo XIX, con la consideración jurídica y política diferenciada de islas de realengo, por un lado, Gran Canaria, Tenerife y La Palma, e islas de señorío, las restantes, por otro lado, que llega hasta esa centuria.

Acaso se pueda aceptar también que el periodo colonial terminó en Canarias a partir de 1812, en especial tras la división provincial que se hizo del territorio español después de las Cortes de Cádiz, aunque tras la proclamación de la provincia única de Canarias, primero en 1822 y definitivamente en 1833, se abriera uno de los periodos de mayor enfrentamiento interinsular, tan bien estudiado por don Marcos Guimerá Peraza; un periodo de enfrentamiento interinsular nada mal visto por el poder metropolitano, que así seguía teniendo la sartén por el mango del control político y económico. El periodo colonial quizá había concluido, la colonialidad del poder, no.

La territorialidad de Canarias seguía inmersa en un contencioso sin resolver. Ese enfrentamiento se atenuó (se enmascaró) algo a partir de la división provincial de 1927, al menos se ordenó de otro modo, y tenemos que esperar al Estatuto de Autonomía de 1982 para contar con el primer documento jurídico político que concibe a Canarias como un solo pueblo y regula y concibe de una manera menos dependiente (¿menos colonial?) lo que es Canarias como una sola realidad territorial y lo que son las relaciones entre el poder central y el poder de las instituciones de nuestras islas. Eso sucedió hace apenas 38 años, poquísimos años si los comparamos con los cinco siglos largos de historia occidental de Canarias.

A finales del siglo XX, Canarias empezó a resquebrajarse como una sola nación en marcha, con sus superficies terrestres y sus mares correspondientes. Al ceder España a Marruecos los territorios de Ifni, en 1969, y el Sahara, en 1975, el Archipiélago quedó desposeído de su hinterland, de su zona de influencia atlántica, de la zona costera continental que lo salvaguardaba de los deseos anexionistas del vecino marroquí; se nos desposeía así de nuestro banco pesquero y de un volumen de negocios con África que ascendía en los años 70 del siglo XX a unos 65.000 millones de pesetas. Y ahí empezó otra crisis territorial de Canarias.

Ya no sabemos cuáles son nuestras aguas territoriales, ni nuestra zona económica exclusiva, por seguir la terminología fundada por las sucesivas Conferencias sobre el Derecho del Mar, todas ellas celebradas en la segunda mitad del siglo XX, y entre las más representativas, las de Ginebra, en 1958, y las de Montego Bay (Jamaica) en 1982.

Canarias ha vuelto a quedar desdibujada en los mapas del segundo océano mayor del mundo. La letra del último Estatuto de Autonomía de 2018, con sus anexos, donde se dibujan las islas y sus mares, ha quedado en entredicho. Nadie asegura que lo que dice ese marco jurídico sea respetado por nuestros vecinos africanos, que en sus declaraciones últimas, tras la aprobación de las dos leyes marroquíes el 30 de marzo de este 2020, relativas a la apropiación, por parte de esas dos normas, de las riberas marítimas saharianas, se referían a Canarias como simples y «pequeños territorios insulares». Rabat se atribuyó unilateralmente en ese momento las aguas territoriales (12 millas náuticas) a lo largo de toda la costa del Sáhara Occidental que ocupa actualmente de manera ilegal. Y, además, delimitó sus 200 millas náuticas de zona económica exclusiva y las 350 de plataforma continental, con lo cual se adentra ya sin contemplaciones en las actuales aguas territoriales canarias. En consecuencia: todo se ha puesto en duda y el Gobierno español no es capaz de esclarecer lo que está pasando por mucho que se le reclame.

¿Qué es Canarias entre los meridianos y los paralelos que ocupan nuestras rocas, quién es capaz hoy de determinar nuestro ámbito territorial en los protocolos del Derecho Internacional del Mar?
Casi volvemos a la nada que Niccoloso da Recco en 1341 se topó en su aventura oceánica. Un país que desconoce dónde empiezan y dónde terminan sus fronteras ni es un país ni es nada.
Contrasta esa ambigüedad territorial reciente con la concepción como nación que Canarias mereció, y nos gusta recordar, tanto en la terminología del Antiguo Régimen como en la del Nuevo Régimen que inaugura la Edad Contemporánea. Como nación la concibió en el siglo XIV, después de Da Recco, el humanista florentino Domenico Silvestri o, con posterioridad, José de Viera y Clavijo en el siglo XVIII, Agustín Millares Torres, en el siglo XIX, que llega a hablar del «Estado histórico» de Canarias; Manuel Ossuna van den Heede a principios del siglo XX, en años próximos al ondear de la primera bandera autonomista en el Ateneo de La Laguna, o el catedrático de la ULL Antonio de Bethencourt Massieu, en el siglo XX. Ninguno de ellos era sospechoso de militancia nacionalista.