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Dulce Navidad

Detesto las fiestas por obligación, así que no me afectará el confinamiento necesario de estos días para parar la pandemia. Yo siento todo el año, no sólo en Navidad, la necesidad de estar junto a los míos, así que no me ciño a ninguna fecha concreta para repartir mis quereres. Tampoco me supone sacrificio alguno el aislamiento por estas fechas, que son iguales que otras cualquiera, al menos para quien esto escribe. Eso de paz en la Tierra a los hombres (y a las mujeres) de buena voluntad es un deseo que aplico a todo el año, no sólo a las fiestas de diciembre y enero, que algunos -muchos- quieren convertir en especiales. He pedido en la carta a los Reyes un par de gayumbos de Hugo Boss (tengo las partes delicadas), unas zapatillas nórdicas y una máquina de esas que hacen café; la mía se jeringó. Y sus cápsulas. Porque yo sí creo en los Reyes Magos. Ya lo sé, soy un interesado. Así que no se acongojen por las restricciones, que son necesarias para parar esto. Mi balcón da a la calle, luego tampoco me afecta el toque de queda porque me asomo al balcón y parece que estoy en el cajero de la Caixa. Tengo ventaja sobre los demás en cuanto a ubicación, puedo calentar o enfriar la casa, la vecindad es encantadora y un confinamiento no me supone sino bendiciones, porque cada vez estoy menos identificado con el común. Además, la bendita Internet me comunica con el mundo con rapidez, gracias a la fibra óptica, a la que Telefónica va a dotar de mayor velocidad. Es fantástico eso de estar instalado en el progreso. Esta dulce Navidad entre paredes no me supone sacrificio alguno, ni tampoco la reducción de movilidad, ni la limitación de comensales en mi mesa. En Navidad ceno solo y temprano; después me meto en la cama.

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