el charco hondo

El pianista

El pianista nació en St. John’s Wood, al norte de Londres, y abrió los ojos a los días de una familia judía bien posicionada que una mañana envenenada lo matriculó en lo que resultó ser el infierno, un colegio privado, solo para chicos, donde el pianista sufrió abusos sexuales que lo desgarraron mental y físicamente, tatuándole en el alma un catálogo interminable de secuelas, mar de cicatrices que lo condenó a un hundimiento del que sobrevivió malamente abrazándose al piano, bote salvavidas, flotador que entreabrió puertas a la supervivencia con él arrastrando los pies en la oscuridad, sumergido en la nada, deslizándose a duras penas piel adentro por el acantilado del dolor. Salió a flote, los restos del pianista se sobrepusieron a varios intentos de suicidio. Recuperó algo de luz, pero eso fue después. Según él, solo el sonido del piano consiguió acallar su ruido interior, desplazarlo, domesticar siquiera un poco la memoria de quien con apenas cinco años empezó a sufrir agresiones sexuales reiteradas. Quiso el destino que, en la línea donde se abrazan causalidad y casualidad, el pianista aterrizara en un país, España, donde descubrió la luz que generan la comprensión y la empatía. La historia del pianista corrió como la pólvora, y como pólvora explotó. La política lo utilizó, el pianista se prestó, ignoraba que subirse al escenario de la política española, siquiera como artista invitado, es una decisión tan libre como maldita. Fue entonces cuando sin saberlo llegó por segunda vez a España, a la de la política concebida como pirotecnia de la sinrazón, factoría de odio e insultos a bocajarro, desahogos y ajustes de cuentas. Quienes odian de oficio esperaron pacientemente a que el pianista cometiera un error, y la equivocación llegó, jugó con el aspecto del alcalde de Madrid, volvió a equivocarse con algunos tuits, abrió la veda, luz verde, el otro país saltó al césped, Hermann Tertsch, cómo no, y algo después el otro yo de Juan Carlos Girauta, incapaz de percibir la elegancia, y el tacto, con los que Campofrío ha querido felicitar con decenas de miles vidas arrasadas por la pandemia desaconsejando felicitaciones o verbos situados en las afueras de la alegría colectiva. Somos un país extraño, raro, previsible en la gestión de las discrepancias, capaces de lo mejor, pero igualmente capaz de sacar a pasear por el presente lo peor de nuestro pasado, incapaces de reformar una Constitución que cada vez se parece menos al país que somos pero capaces de vomitar odio u otras sustancias emocionalmente inconstitucionales.

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