el charco hondo

Regalos

Que no digo yo que esté mal regalarnos calcetines que nadie ve, calzoncillos con un diseño que los pantalones esconden, chaquetas para un par de tardes por debajo de los diecisiete grados, bicicletas que envejecerán en el garaje, bonos para el gimnasio al que no irás, raquetas que en el altillo compartirán solución habitacional con los disfraces de carnavales, zapatos que nunca te habrías comprado, tenis que tendrás que cambiar porque aprietan por los lados, plumas contraindicadas para zurdos que van arrastrando la tinta -con la fuerza de las mangueras del servicio municipal de limpieza- o treinta piezas de ropa para jugar al tenis porque solo a ti se te ocurrió comentar, sin apenas pensarlo, susurrando, que estás planteándotelo -a quién se le ocurre, sabiendo que cualquier cosa que digas estas semanas será utilizado en tu contra-.

Que no lo digo yo. No seré yo quien diga que no debemos regalarnos viajes, no, aunque sí dejaré por escrito que con la pandemia el largo plazo siempre es el siguiente lunes, así que, si de planes hablamos, despacito, suave, suavecito. No digo que esté mal regalarnos cafeteras, planchas, dosificadores de riego, muebles de terraza u otros artilugios merecedores de frases ancestrales, qué falta me hacía, no sabes lo bien que me viene o, entre otras reacciones tipificadas en el código navideño, justo lo que necesitaba. Está bien, en serio.

Claro que sí. Sigamos regalándonos ropa, libros, bufandas (que nunca se sabe, vete tú a saber), mochilas con o sin ruedas, almohadas para dormir en los aviones cuando volvamos a dormir en los aviones, relojes bastante más inteligentes que quienes se los ponen, colonias que hablan francés, suscripciones de tres meses porque a partir del cuatro ya te la pagas tú, rebequitas porque por la tarde refresca, guantes por si en algún momento te acercas a Oslo con la moto, fundas para mascarillas, mascarillas propiamente o una cesta con cremas hidratantes, lo que viene a ser el tratamiento anti-edad ahora que la edad ya baila sola.

Que no, no digo yo que esté mal regalar lo que solemos, vale, de acuerdo, estupendo, pero, ¿qué tal si somos prácticos, espabilados y juiciosos y convertimos los test de antígenos en lo más regalado de estas navidades?, ¿y si nos los regalamos para sentarnos a la mesa con algo de más de información? Divertido no es, ni luce, vale, pero, y qué más da, otra raya para el tigre de estos meses.

Test de antígenos, póntelo, pónselo. No será el regalo más apetecible, pero sí el más inteligente, y útil. Eso o seguir con los calcetines, haciendo como que el virus se cogerá unos días para estar con su familia.

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