EL CHARCO HONDO

Cansino ( y 2)

Hacer un comentario cada día te obliga a entrar en el centro de la disputa, de la bronca. A medida que se agudiza la polarización y la radicalidad mi incomodidad ha ido creciendo. Los analistas tendemos a aparecer con una etiqueta marcada a fuego en la frente, hagamos lo que hagamos o digamos lo que […]

Hacer un comentario cada día te obliga a entrar en el centro de la disputa, de la bronca. A medida que se agudiza la polarización y la radicalidad mi incomodidad ha ido creciendo. Los analistas tendemos a aparecer con una etiqueta marcada a fuego en la frente, hagamos lo que hagamos o digamos lo que digamos da igual, porque en cierto sentido estamos predeterminados. Como decía Einstein, es más fácil disolver un átomo que disolver un prejuicio. El enconamiento partidista ha construido moldes de respuesta rápida, no me veo ahí. Deseo dejar de hacer comentarios políticos, el problema soy yo, estoy empachado -ha dicho Iñaki Gabilondo, en su despedida del análisis diario-. Iñaki no se va del todo, pero baja el telón del día a día. Se ha aburrido, no se siente cómodo describiendo la política de fogueo, a golpe de tuit, con lo público rebajado a la categoría de telenovela o contenedor de frases mal enlatadas. También a él le resulta cansino, estéril. Su hastío está justificado, y se suscribe. A millones de años luz de la galaxia de Iñaki, en los microcosmos locales, algunos compartimos sus razones, el cansancio, esa sensación de que la política de las cosas ha sido triturada por las cosas de la política, por la crónica rosa, por escenarios parlamentarios devorados por la industria del entretenimiento, la ciencia ficción y los juegos de manos, con un aluvión de motos (vendidas, y compradas) rodando sobre un océano de titulares de un milímetro de profundidad. Alguien me preguntó semanas atrás por qué apenas escribo ya de política, si acaso una vez por semana. Iñaki se lo ha explicado por mí, la política no debe dejar de interesar, malo sería desentendernos, pero lo sustancial no exige bengalas diarias, si acaso de vez en cuando, poco más, prefiero girar el foco, apuntar en otras direcciones con la linterna, detenerme en la política de la vida, y bastante menos en la vida de la política. El adiós de Iñaki radiografía un instante. Personalmente me deja tocado, yo también he creído en él, y crecido con él, con la entereza, madurez, educación y sobriedad de quien hace años contó a Carmelo y Martín Rivero -Ciudadano en Gran Vía, el libro- que los periodistas debemos ser una voz, no un eco. Iñaki se ha ido sin irse, lo perdemos pero lo mantenemos en otros registros. Así es él, capaz de callar para escuchar mejor, y continuar aprendiendo.