después del paréntesis

El amor en los tiempos del cólera

Luis de Góngora escribió, en uno de los sonetos más bellos jamás escritos, “pues la quien por helar y arder me siento / (mientras en ti se mira), Amor retrata”. Y Quevedo estampó, en razón de su Lisis, “en donde reina Amor cuando ella mira / y en donde vive Amor cuando ella mata”. Cosas que no son tan hostiles como aquello que expresó por experiencia Lope de Vega y dice: “Esto es amor, quien lo probó lo sabe”. Ni qué decir tiene el alcance de la divina Sor Juana Inés de la Cruz, entre la esforzada condición heterosexual de sus versos y la silente posición homosexual. Remató: “Mi corazón deshecho entre mis manos”, ella para ella.

Barroco se dirá, y es cierto. Porque el Barroco instituyó la condición: tormento y gloria ¿Por qué se han dado en señalar la delicia/suplicio de las mujeres y de los hombres por el amor los grandes escritores y artistas del mundo, de Homero, Dante, Galdós, Shakespeare, Valle-Inclán al disgustado Cormac McCarthy? El peso del arte no remedia la carga del real. La idealidad. ¿Cómo resulta el mundo por tal factor? Cito el ejemplo impreso en la primera novela de Roberto Arlt, El juguete rabioso. El perverso dueño de la mala pensión de Buenos Aires hace llegar, por el dinero que le cobra, a la habitación del protagonista, Silvio Drodmann Astier, al chico homosexual. Este ponía dinero desesperadamente sobre las mesas para encontrar la enmienda a sus dolores. Silvio no accedió; supo. Supo que aquel muchacho de la alta sociedad daría la vida por sus quebrantos, por saberse alguna vez querido por lo que era; la estampa suprema del ser. Desde entonces el juguete rabioso que buscaba reconocimiento y acomodo en la sociedad malsana advirtió: la traición de sí mismo y de su otro cercano, de su clase, en pos del provecho y de la satisfacción. ¿Astier comprendió que la perdición no siempre se tropieza con el amor?

La abandonada Ariadna por el pragmático Teseo. Ella fue la que argumentó la eternidad del laberinto del minotauro. Y destejió la intriga por amor. Teseo falló, no por la evidencia del delirio, sino por ser rey. Borges lo reveló. Es posible que una parte deplorable de los mortales corrobore que para existir en raciocinio han de matar lo que quieren. Él desistió: lo que hace eternos a los hombres verdaderos es morir por lo que aman. Eso confirma a la entidad incluso más allá de los tiempos del cólera.

Eso, en tanto lo que proclama su estricto valor, su primacía es que no todos están dispuestos a confirmar y a aceptar.

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