El Charco hondo

Hillbilly

Un día antes de que Trump humillara a su país -ridiculizándolo, generando dudas sobre si EE.UU. está en condiciones de prorrogar su liderazgo- la última película de Ron Howard me permitió volver a los estadounidenses del patio de atrás, a los hijos, nietos y bisnietos de blancos que, desahuciados hace generaciones, históricamente han sido la […]

Un día antes de que Trump humillara a su país -ridiculizándolo, generando dudas sobre si EE.UU. está en condiciones de prorrogar su liderazgo- la última película de Ron Howard me permitió volver a los estadounidenses del patio de atrás, a los hijos, nietos y bisnietos de blancos que, desahuciados hace generaciones, históricamente han sido la mano de obra que hizo posible fortunas como las de la familia Trump. La clase trabajadora de raza blanca de algunos Estados facilitó el ascenso del presidente que inflama a quienes, vencidos, se dejan arrastrar porque no tienen nada que perder. Hillbilly, una elegía rural. La película, odiada por muchos, sacrifica el contexto para concentrarse en el melodrama, pero logra reabrirnos los ojos a los EE.UU. invisibles, ignorados, a Estados vaciados, a familias que habitan en la nada del patio trasero. Quienes han asaltado el Capitolio -o aquellos que en otros Estados o ciudades están dispuestos a incendiar por Trump- dan forma a un cóctel de neonazis, supremacistas o pirados que tienen en común perfiles y procedencias, hillbilly, término peyorativo con el que se alude a los habitantes de ciertas áreas remotas, rurales o montañosas, las más deprimidas del país. Millones de estadounidenses desahogan sus frustraciones apoyando a Trump, lanzando al espacio global señales tan preocupantes como la de quien se recuesta en el despacho de Nancy Pelosi, imágenes patéticas, frustrantes. El problema no se reduce a unos miles de abducidos u ociosos, la dimensión del caos va más allá. Desconcierta que la potencia de nuestro tiempo se muestre tan vulnerable, más frágil de lo concebible, capaz de ganar guerras con aviones invisibles pero incapaz de impedir la entrada de una pandilla de entusiastas más o menos armados -la tentación de intuir bocas de agua programadas no es poca-. Ojalá esta humillación acelere la reconstrucción de la democracia estadounidense. Otro país es posible. Ojalá tocar fondo sea el primer paso hacia otros EE.UU., hacia el final del supremacismo y la aceptación de la diversidad, hacia el país multirracial que en 2040 pondrá punto final a un sistema que los habría detenido a dos o tres kilómetros del Capitolio si los asaltantes fueran negros. Si los estadounidenses remontan esta bola de partido tendrán la oportunidad de impulsar, como nunca antes, el arranque de su siglo XXI.