El charco hondo

Los sonidos de la guerra

Cuentan que durante las primeras noches no pegas ojo, los sonidos de la guerra te tienen en vilo, somnoliento pero bien despierto, tenso, preguntándote si la siguiente bomba será la tuya, la definitiva. La banda sonora de las sirenas, el zumbido de los artefactos que vomitan los aviones, el ruido sordo de los misiles o […]

Cuentan que durante las primeras noches no pegas ojo, los sonidos de la guerra te tienen en vilo, somnoliento pero bien despierto, tenso, preguntándote si la siguiente bomba será la tuya, la definitiva. La banda sonora de las sirenas, el zumbido de los artefactos que vomitan los aviones, el ruido sordo de los misiles o de las ráfagas en la calle cortan el paso al sueño. Dormir es cosa de otros, lujos de paz. Transcurridas las primeras noches el cansancio comienza a pesar más que el miedo, dicen que cabeceas, y luego, ya hecho a los ruidos de la muerte, te acostumbras y duermes arrullado por un sonajero de balas, de explosiones, de calles o edificios que saltan por los aires. Cuando un conflicto armado dura meses o años quienes lo sufren se adaptan, aprenden a convivir con el peligro, el riesgo toma asiento y sentirse amenazado deja de ser algo extraordinario. Estos últimos meses o semanas hemos descubierto que algo parecido ocurre con los sonidos de la pandemia, con sus riesgos o consecuencias. Cuesta verbalizarlo, pero estamos perdiendo el respeto a los confinamientos, a la hipótesis de que una o dos semanas después nos vuelvan a meter en casa, a recluirnos total, parcial o intermitentemente. Al igual en que las guerras terminan familiarizándose con las bombas -integrándolas en el paisaje temporal- después de diez meses de pandemia hemos aprendido a convivir con la posibilidad de que los excesos nos pasen factura una o dos semanas después, asumimos el castigo, contamos con ello, nos echamos a la calle sabiendo que flirtear con la normalidad trae consigo la penitencia de volver a replegarnos cuando, diez o catorce días después, la estadística nos devuelva al rojo. En marzo hará un año, de ahí que el pánico empiece a fatigarse, no desaparece pero pierde fuelle. Stop. Go. Stop. Go. Una vez. Y otra. Los datos empeoran, nos replegamos, mejoran, nos echamos a la calle, empeoran, nos replegamos, mejoran, salimos. Stop. Go. Stop. Go. Hemos integrado las curvas de contagios en la realidad, convivimos con sus subidas o bajadas, digerimos, están ahí, asoman a diario como lo hacen los partes meteorológicos. El cansancio está doblegando al miedo, la rutina a la alarma. Probablemente en diez o catorce días los datos confirmen los excesos de estos días, lo sabemos, las bombas han dejado de quitarnos el sueño. Hemos perdido el respeto a los confinamientos, contamos con eso, lo asumimos —más vale que espabilen con las vacunas, porque los sonidos de la pandemia han dejado de quitarnos el sueño—.