El charco hondo

Regalos

Dejar de preguntarnos cuántos somos cada vez que alguien propone salir a picar algo o, empeorándolo, terminar desistiendo -renunciando a vernos- porque sobrepasamos el límite permitido. Sacudirnos de una maldita vez esta libertad condicional, rara, antipática, fría, distante. Recuperar la normalidad, pero la normalidad normal, ni sucedáneos ni realidades rebajadas. Que viajar vuelva a ser […]

Dejar de preguntarnos cuántos somos cada vez que alguien propone salir a picar algo o, empeorándolo, terminar desistiendo -renunciando a vernos- porque sobrepasamos el límite permitido. Sacudirnos de una maldita vez esta libertad condicional, rara, antipática, fría, distante. Recuperar la normalidad, pero la normalidad normal, ni sucedáneos ni realidades rebajadas. Que viajar vuelva a ser habitual, frecuente, algo que se parezca poco o nada a esta carrera de obstáculos, de miedos, de dudas, y que en los aeropuertos no nos carguen con la presunción de culpabilidad epidemiológica. Que resuciten las grandes ciudades, el bullicio, las multitudes, el desorden. Volver a los bares sin restricciones, a las barras, al griterío, a las conversaciones absurdas en las colas del baño, a las copas, a las tantas. Quitarnos el reloj, esconderlo, desentendernos de los corralitos horarios, decir adiós a los tramos, a las limitaciones, a los toques de queda y a la madre que los parió. Empezar a quitarnos la mascarilla antes de que acabe el verano, estaría bien en octubre, mejor en septiembre. Vernos las caras, saber si estamos o no sonriendo, alegrándonos o apagándonos. Acabar con la humillación de saludarnos sin saludarnos, dejar atrás esta coreografía de gestos, muecas o pasos atrás, desconciertos y torpezas, movimientos que exigen dar órdenes contradictorias al cuerpo, instrucciones que no casan con nuestra forma de ser o relacionarnos. Volver a vivir la música sin plasmas, oliéndonos, respirándonos, juntándonos como debe ser o volver a ser. Bailar. Cantar. Dejar de estornudar hacia adentro. Relajarnos. Hablar de otras cosas, contar, informar o discutir de cualquier otro asunto, ya liberados del monólogo de estos meses. Besarnos. Abrazarnos. Ser nosotros, en definitiva. Movernos sin tener que repasar la última actualización de las restricciones. Entrar. Salir. Volver a salir. Y otra vez. Recuperar la calle que perdimos en marzo. Correr junto a otros diez, veinte, treinta o cuarenta mil corredores sin pedir permiso ni perdón. Vivir. Dejar sin argumentos a quienes, cenizos, bombas de negatividad, buceadores del océano de las malas noticias, portavoces del lado oscuro, con sus malas vibraciones estos meses han empeorado la anormalidad. Éstas y otras cosas he pedido a los Reyes Magos. Si me las han traído o no es algo que no podré saber hoy, tampoco mañana; será en los próximos meses cuando sepa si me las trajeron o no.